Placer completo

Yo puedo decir que, a pesar de mis años, he adquirido una experiencia sexual bastante amplia y profunda. En la actualidad tengo 23, y una figura bastante maja, que satisface a los hombres con quienes me interesa ligar. No soy hermosa, lo que se dice hermosa, pero mi cuerpo posee lo suficiente: tetas de buen tamaño, un trasero que todos elogian, o miran con admiración y deseo, y un vientre que, aunque no es totalmente plano, apenas si abulta unos centímetros.
Desde pequeña fui muy calentorra. Recuerdo que me tumbaba en la cama y separaba las piernas para que las moscas, en verano, caminaran sobre mis labios vaginales y los vellos de mi pubis. Esto me daba placer, me excitaba, y me impulsó a mis primeras masturbaciones.
Para que las moscas acudieran a mi coñito con mayor deseo, solía untar algo de miel en la humedad de los labios vaginales.
Más tarde descubrí la satisfacción que podía darme un cachorro de perro. Era mi amigo inseparable y dormía conmigo. Y, con naturalidad, yo le enseñé a lamerme el coño... Era delicioso. No sé qué me agradaba más, si la agilidad y la aspereza de su lengua, u oír aquel ruido inconfundible que producía con los morros cuando me mamaba. Todo me excitaba. Y aunque mi cachorro no tenía un pene grande, sabía usarlo y producirme placer. Era un miembro pequeño, pero juguetón y travieso. A mí me encantaba verlo entre mis muslos tan inocente y tan excitado mientras me jodía.
Fue durante esta época de mi primera adolescencia que probé una variedad impresionante de experiencias nuevas. Ya me masturbaba con el cepillo de dientes, y a veces con objetos más raros. Pero era tan excitable que me bastaba frotar un muslo contra otro y acariciándome las tetas con las manos mientras imaginaba que un hombre me la metía, para que alcanzara el orgasmo. Y no un sólo orgasmo. Porque después que llegaba el primero, los siguientes empezaban a atropellarse, hasta dejarme exhausta. Para daros una idea de lo sensual que era yo, os bastará saber que con el cachorro mamándome el coño llegué a tener doce orgasmos seguidos. Y eso creo que es una marca excepcional.
Llegué a probar cosas más exóticas, por supuesto. Un día insistí en que me regalara mi padre una ardilla. Y logré, después de muchos intentos, que la ardilla me acariciara el coño y el clítoris con su morro húmedo y nervioso.
Pero la ardillita tuvo un destino deplorable. Un día el cachorro, que debería estar muy celoso de las caricias que yo le dedicaba al nuevo amante, la mató de una sola dentellada. Nada más cogerla del cuello, la sacudió y, cuando la dejó caer, el pobre animalito estaba muerto.
En aquellos tiempos yo soñaba con ser mayor. Quería trabajar en la calle, porque creía que era lo ideal para gozar y encima cobrar por obtener placer. Si me hacía disfrutar un perro, yo no veía por qué no podía hacerme gozar un hombre desconocido.
Sin embargo, a los diecisiete años yo aún no había jodido con un hombre. Lo deseaba, y creo que muchos de quienes me conocían también lo deseaban, pero no hubo oportunidades. Mis padres me sometían a una vigilancia casi criminal. No me dejaban ir sola a ningún lado, y mi madre me esperaba a la salida de clase, o me acompañaba a cualquier visita que yo realizara. Aunque se tratara de visitar a la abuela. Que eso ya tiene narices.
Yo me consolaba metiéndome en el coño todo lo que podía darme placer. Pero soñaba con tener a un hombre, con saber cómo era el peso de un hombre sobre mi cuerpo, con gozar hasta la locura con las embestidas de un miembro gordo y duro.
Fue entonces cuando me eché el primer novio. Recuerdo que el chico era tímido, pero que me gustaba con locura. Hablé con mis padres, y éstos aceptaron con la condición de que nos viéramos dentro de la casa.
Mi novio, José, llegaba a las seis de la tarde. A esa hora mi padre no había regresado del trabajo, y mi madre solía estar planchando ropa, o lavando, o preparando algo para la cena.
Nos sentábamos en un sofá, en el salón, y debíamos dejar la puerta del pasillo abierta. Al final de ese pasillo estaba mi madre, de quien sólo nos separaba cuatro metros. Y mi madre, que era bastante desconfiada, me llamaba cada pocos minutos. Entonces yo debía inclinarme hacia adelante y dejar que ella me viera.
José no tardó en experimentar mis artes de seductora. Le acaricié la picha a través de la tela del pantalón hasta que se la puse tiesa como un palo. Nada más valorar con mis manos aquella cosa gruesa y caliente senti un estremecimiento en el coño y en los senos.
Quería que él me metiera la polla. Bajé la cremallera de su pantalón mientras José se dedicaba a acariciarme las tetas con un entusiasmo creciente.
—Ana —llamó mi madre, que planchaba al final del pasillo, en el comedor.
—Si mamá —repliqué mostrando medio cuerpo para que viera que no hacíamos nada malo.
—Nada, hija, se me olvidó lo que quería decirte... Ya lo recordaré... Volví a dedicarme a acariciar la polla de José. Entonces, cuando sentí que estaba en su máximo poder de dilatación y dureza, tuve una idea salvadora.
Me levanté la falda, me agaché colocando mi trasero ante José, y me adelanté para que mi madre pudiera verme de la cintura para arriba.
—¿Sabes, mamá?, recuerdo que olvidé decirte que Olí me ha invitado a un baile familiar, que organizará en su casa... ¿Solo entre chicos amigos, y con los padres...
Mientras yo hablaba mi madre me miraba, complaciente. Me veía, y naturalmente no podía saber que en aquel preciso instante
José me ponía el caliente capullo en la entrada del coño, después de haber movido hacia un lado la braguita.
—No sé, hija... Creo que tu padre debe saberlo... El dirá si es conveniente...
—Pero mamá —protesté cuando sentí que aquella picha gruesa y dura resbalaba dentro de mi vagina haciéndome gozar como nunca había gozado—... ¿Qué hay de malo en reunirse tres parejas de amigos para bailar un poco por la tarde?... No habrá bebidas alcohólicas, te lo juro...
—No jures, hija, no me gusta que jures - dijo ella mirándome a través del pasillo.
La pobre mujer no podía saber que José me daba bomba con un entusiasmo realmente encomiable. Yo tenía que hacer grandes esfuerzos para ocultar el placer que sentía bajo los poderosos impactos de la polla de mi novio. Me hubiera gustado gritar, pero
debía conformarme con menear el culo para sentir mejor el calibre de aquella picha que entraba y salía de mi vagina a un ritmo endemoniado.
—¿Me dejas ir, mamá? —le pregunté haciéndome la mimosa, para encubrir los gemidos involuntarios que escapaban de mi garganta.
—Ya te he dicho que eso lo decidirá tu padre...
José seguía follándome como un poseso. De pronto, él se aprovechó de la situación. Sentí que me quitaba la polla del coño y que me la metía en el culo sin el menor reparo.
—¡ i ¡ Ayyy!!! —grité al sentirme penetrada de aquella manera tan salvaje.
—¿Que te ocurre, niña? —me preguntó mi madre mirándome.
Nada mamá, creo que las habichuelas que comí esta mañana me han puesto mala...
—Ya te dije yo que no comieras tantas habichuelas...Pero eres golosa... demasiada golosa...
Mi madre no sabía hasta qué punto yo era golosa. Lo cierto es que la sodomización empezó a hacerme disfrutar como una loca, y que mi culito se meneaba cada vez
con mayor entusiasmo. Entonces sentí que la polla de José se contraía y se dilataba, en potentes espasmos, y sentí la invasión caliente de un largo chorro de leche... Creí que moriría de gozo, porque en aquel momento yo también alcanzaba un orgasmo extenuante.
Así continuamos, mi madre y yo hablando, mientras José me follaba con energía, produciéndome tantos orgasmos como no recuerdo haber conseguido nunca mediante mis experiencias masturbatorias. Desde que él me dio a probar su miembro yo no hacía sino buscar ocasiones de compararlo con otros. Poco a poco, todos sus amigos fueron mostrándome que mi novio no estaba entre los últimos, a pesar de que tampoco podía decirse que fuera el amante ideal.
Pasaron tres años. José me sorprendió un día jodiendo como una loca con Javi, su amigo del alma, y después de comportarse como un tonto y de liarse con su amigo a puñetazos, decidió romper sus relaciones conmigo. Antes, sin embargo, logré seducirlo una vez más y conseguir que me zurrara y me jodiera con una rabia y una furia que me hicieron gozar hasta el límite de mi resistencia.
Después de un par de años conocí a Manuel... Manuel es en la actualidad mi marido. No puede quejarse, porque yo soy una verdadera puta en la cama y le hago de todo. Pero, como comprenderéis, no puede saciarme un hombre, aunque ese hombre esté tan bien dotado y sea tan resistente como Manuel, que me jode todos los días.
El hecho es que él trabaja muchas horas, que debo quedarme sola... Y una calentorra como yo no puede vencer todas las tentaciones que se le presentan a una mujer joven en su casa. Está el chico del butano, que me ligó en la cocina y nada más levantarme la falda me bajó las bragas y me metió en el coño una de las vergas más duras que yo haya sentido. Está el fontanero, que mama el coño con una maestría inigualable, y el vecino del A, que se encuentra en el paro y tiene energías y tiempo suficientes para visitarme todas las mañanas.
Y como si tantos machos no fueran bastante, mi maridito me ha dado una grata sorpresa regalándome un doberman para que me sienta más segura. Creo que ha sido su mejor idea, porque yo nunca pude olvidar mi antigua amistad con los perros.
Tengo debilidad por ellos... Y si alguna chica no lo entiende, pues que pruebe a ponerse a uno de esos animalitos entre los muslos y ya verá cómo descubre sus ventajas. Será un amante discreto, mamará el chocho como ninguno (hay que ver lo que pueden con la lengua esas inocentes criaturas) y será tan resistente y obediente como el mejor de los machos.
Pili - Bilbao
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