Mi mujer necesita más

¡Hola! Soy un hombre casado de 30 años y mi mujer tiene 24. Voy a contaros una experiencia en base a que ella es muy caliente, mientras que yo me considero normal.

A los pocos años de matrimonio, empecé a darme cuenta de que mi mujer, nada más terminar el acto de la follada, se quedaba con ganas. Me provocaba para que siguiera, pero yo no podía hacerlo porque no me apetecía. Al principio supuse que era una forma de jugar. La insistencia me permitió llegar a las conclusiones que ya he apuntado.

Yo siempre que me noto caliente la busco, y no la puedo encontrar mejor dispuesta para la jodienda. La realidad de su insatisfacción sexual me dio mucha pena. Me pareció una injusticia, que estaba obligado a paliar de la forma más efectiva.

Pasados unos meses me vi pensando en la solución de este problema. Queriendo tantearla se me ocurrió preguntarle:

—¿Estarías dispuesta a hacer el amor con otro chico? Ten en cuenta que conozco a infinidad de ellos. Hablaré con el que me parezca más interesante para ti y seguramente que aceptará.

—Haz lo que te parezca bien, cariño.

Mira por donde a los pocos días me invitó a comer un amigo. Teníamos que resolver un negocio. Pronto sacamos a relucir los temas sexuales:

—¡Paco, no sé que hacer con mi mujer! Es algo inaguantable. Yo materialmente me paso empalmado todo el día, mientras que ella no tiene ganas nunca. ¡Es para matarla!

Me asombró esta confidencia, debido a que materialmente se había anticipado a mis intenciones. Lo singular es que, como habréis comprendido, a mí me sucedía todo lo contrario — aunque mi situación no fuese tan exagerada como la de su esposa.

—Haciéndola beber, metiéndola mano a todas horas y llevándola infinidad de regalos, estoy consiguiendo follar dos y tres veces por semana. ¡Cuando yo podría estar chingando cada día! —siguió lamentándose.

—¿Qué dirías si yo te propusiera que te follaras a mi esposa? —le solté. Se quedó cortadísimo. Al principio pensó que le estaba gastando una broma. Pero ante mi insistencia, se lo creyó. Le invité a cenar para el fin de semana. Supuse que sería un amante extraordinario. Con el paso del tiempo fue intimando con mi mujer.

Pasado un mes, se me ocurrió jugar a las cartas. El que perdiese tenía que quitarse una de las prendas que llevaba puestas. Como estábamos bebiendo cubalibres, ella se fue animando. Nosotros también.

Cuando se quedó desnuda, los dos aún teníamos los calzoncillos y los calcetines.

—¿Por qué no os ponéis como yo...? —nos preguntó, algo cortada.

Seguimos bebiendo. Cuando creí que lo necesitábamos, apagué la luz de la habitación y dejé encendida una lamparita. Cogí a mi esposa por un brazo y la senté a mi lado. Comencé a comerle las tetas y a magrearla. Hasta que la coloqué en el suelo, a cuatro patas y sobre unos cojines. Mientras, mi amigo se acariciaba la polla.

La comí el coño y, acto seguido, se la clavé por detrás. La oímos gemir de gusto. Y cuando estábamos más lanzados, me retiré y le hice una seña a nuestro invitado para que ocupase mi puesto. No lo dudó ni un segundo.

Al principio ella hizo intención de marcharse; sin embargo, los eficaces cipotazos del extraño le dijeron que aquello iba en serio y que se ofrecía la posibilidad de no volverse a sentir insatisfecha. Ya le daba igual quien fuese el propietario de la verga.

Se quedó con la leche de los dos. Sin embargo, cuando mi amigo se marchó me la fui a encontrar en la cama, llorando. Creo que de feliz.

Lo hemos hecho más veces con el mismo hombre, pero sin ninguna lágrima. Al contrario, todo es placer y felicidad entre los tres. Ahora comprendo que debí preparar un poco más el terreno, con el fin de eliminar los brotes de arrepentimiento.

El inconveniente que se nos presenta es que él está casado y no puede venir todos los días.

Los hace dos o tres a la semana, aunque muchas veces no puede quedarse ni media hora: un polvo rápido y basta. Esto no satisface del todo a mi esposa. Creo que debo buscarle otro amante soltero, que sea capaz de satisfacerla a diario.

PACO - MÁLAGA


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