En el sexo vale todo

Todos los que integramos esta historia ni estamos traumatizados, ni nada parecido, la verdad es que somos felices, lo único que no es verdad son los nombres y algunas situaciones, pues no queremos que alguien nos reconozca.

Nuestros padres se casaron muy jóvenes, pues nuestra madre quedó embarazada y sin cumplir los 17 años se tuvo que casar, la verdad es que se querían y el matrimonio fue feliz. El parto fue fatal por lo cual nuestra madre después de parir gemelos, un niño y una niña, nunca pudo tener más hijos.

A nuestro padre las cosas le fueron bien y pudieron coger una casita pequeña en la que sólo había dos habitaciones, una para ellos y otra para mi hermana y para mí. Fuimos creciendo en un ambiente fabuloso sin traumas ni tabús.

Nunca nuestros padres cerraban su habitación ni se privaban de besarse delante de nosotros, ni de tocarle los pechos, etc., ni reprimir sus quejidos de placer cuando jodían, cosa que oíamos perfectamente cada noche, pues tanto mi padre como mi madre eran unas personas verdaderamente calientes y fuimos aprendiendo que joder era bueno y no malo...

Llegó un día que tanto mi hermana Irene como yo, teníamos 16 años. A mi hermana hacía unos tres meses le había venido la primera regla y yo empezaba a soltar mis primeros chorritos de leche.

Aquella noche, como casi siempre, pues entre nosotros no había secretos, nos pusimos a contar nuestras cosas, con lo cual yo le conté que empezaba a soltar leche. Mi hermana me dijo que quería ver alguna vez cómo era esto. Mientras estábamos hablando empezamos a oír a nuestros padres joder como siempre. Estábamos los dos en la misma cama, cuando oímos a nuestra madre que le decía a nuestro padre:

—Chupa, chupa, méteme la lengua.

Aquello fue calentándome y al rato tenía mi polla a reventar dentro de mi pijama.

—Mira hermanita, ¿quieres ver como suelto leche?

Al decirme que sí aparté las sábanas, me bajé el pantalón del pijama y empecé a masturbarme.

Mientras le daba a la polla le pregunté si ella no se pajeaba, a lo que me respondió que sí.

—Pues aprovecha ahora — le dije.

Al rato mi hermana empezó a masturbarse. Al fin solté mi leche y mi hermana se corrió poco a poco.

A medida que pasaban los días yo la masturbaba a ella y ella a mí hasta que terminamos comiéndonos, yo el coño y ella mi polla. Así fueron pasando los años. Cuando cumplimos los 18 yo me traje una caja de condones y empezamos a follar como locos.

Cuando aún no teníamos 19 años nuestro padre murió de una grave enfermedad que se lo llevó en poco tiempo. Para nuestra madre y para nosotros fue un golpe terrible, pero poco a poco fuimos superándolo. Nuestra madre era joven, estaba en su plenitud, pues contaba 40 años recién cumplidos.

Una noche empezamos a oír gemidos de nuestra madre, pero gemidos que ya conocíamos, aunque hacía tiempo que no los oíamos. Eran gemidos de placer. Sin hacer ruido nos levantamos y nos acercamos a la habitación. Como siempre estaba abierta. Por la disposición de los muebles de la habitación por medio del tocador podíamos ver todo lo que ocurría en la cama sin miedo a que nos vieran.

Allí estaba nuestra madre, masturbándose con un plátano. Mientras se lo metía, se tocaba, se movía y con la mano libre se magreaba los pezones hasta que le vino una corrida de campeonato.

Poco a poco se fue haciendo cotidiano el que ella se masturbara. Un día mi hermana y yo decidimos que si nosotros disfrutábamos, también podíamos incluir a nuestra madre en nuestras sesiones de sexo, la cuestión era buscar el momento.

Aquella tarde mi hermana fue a la compra y yo fui con ella. Al llegar al mercado mientras comprábamos verdura vimos una zanahoria de una forma y tamaño ideal para gozar con ella, sobre todo por el tamaño.

Para disimular compramos para hacer un caldo. Cuando llegamos a casa al sacar de las bolsas lo que habíamos comprado, nuestra madre se fijó en dicha zanahoria. Lo pusimos todo en la nevera.

Al llegar la hora de ir a la cama, mi hermana se fue a la nevera y vio que la zanahoria había desaparecido. Si la iba a usar no era cuestión de que estuviera helada. Nosotros fuimos los primeros en acostarnos.

Cuando pasó un rato empezamos a oír a nuestra madre. Nos levantamos y empezamos a observarla. Se notaba que la zanahoria le estaba dando mucho gusto, pues era de buen tamaño, tanto de grueso como de largo. Cuando más cansada estaba, entramos en la habitación sin hacer ruido y cuando se quiso dar cuenta yo le estaba comiendo el coño. Quiso reaccionar, pero mi hermana la dijo:

—No seas tonta y aprovecha.

Como había dejado de darle a la zanahoria, se la saqué y empecé a beberme sus jugos, que eran muy abundantes.

—Sigue hijo, sigue, ¡qué gusto!, muérdemelo flojito, así...

Mientras mi hermana le estaba chupando los pechos mi madre gritaba.

—Que me corro, aaah.

Mientras chillaba me apretaba la cabeza en todo el coño sin dejarme casi ni respirar. Sin poder más, me aparté y monté a mi madre. En seguida subió sus piernas y me las puso en la cintura.

—Qué gusto hijo, cuánto tiempo hacía que no tenía una polla dentro.

Me agarró la cabeza y empezó a clavarme la lengua. Aquello era fabuloso.

—Que me viene otra vez hijo, córrete, córrete, ¡qué calor!

Mientras mi hermana se estaba masturbando, me fui a su coño y empecé a chupárselo, hasta que se corrió.

Después de una charla con nuestra madre y contarle lo que nosotros hacíamos y que hacía años que teníamos relaciones, habíamos decidido que ella también participara.

—Me parece bien —dijo— pero ahora tienes que cumplir con tu hermana.

A continuación empezó a hacerme una mamada impresionante a mi polla, la cual se iba poniendo cada vez más dura. Cuando ya no podía más cogió a su hija y la sentó encima de mi polla.

—Jódela así pues de esta manera darás gusto a las dos.

Y acercándose a mi cara se sentó casi encima colocando su coño en mi boca. Con las manos se lo abrió y empecé a chupar y lamer aquel caliente coño. Al fin nos corrimos los tres, quedando desfallecidos. A partir de aquel momento nuestras vidas cambiaron.

Un día nuestra madre trajo un perro a casa. Se lo había dejado una amiga. Era una mujer de 50 años, viuda, a la que conocía hacía muchos años. No era de una raza determinada, más bien callejero. Nos contó que lo había traído porque tenía ganas de probarlo, pues le había contado Ana, su amiga, que le echaba unos polvos impresionantes.

Después de cenar decidimos ver el espectáculo. Nuestra madre desnuda se tumbó en el suelo y abrió las piernas. El perro se acercó y empezó a olerla y lamerle el coño.

—¡Qué gusto hijos, qué placer da esta lengua.

Poco a poco al perro le iba saliendo una polla fresa y roja. Al fin nuestra madre se puso a cuatro patas, se echó una toalla en la espalda y el perro la montó.

—¡Oooh, es fuego, qué golpes, me corro...!

Aquello nos puso a cien tanto a mi hermana como a mí.

—Otro, me viene otro. Es inigualable el gusto que me da. Ya se corre, ¡qué chorros de leche!

Más tarde era mi hermana quien lo probaba, mientras yo me tiraba a mamá.

Al cabo de unos días se presentó Ana, la amiga de nuestra casa. Con sus 50 años no estaba mal. Venía a buscar al perro, invitándonos a su casa a cenar. Aunque era viuda vivía con un hombre de unos 55 años la mar de agradable y simpático. En su casa tenían una sala con una gran alfombra.

Nos dijo que era allí donde jodían, como la cosa más natural del mundo. Nos propusieron una jodienda en grupo, cosa que nos pareció fantástico. Cuando estábamos desnudos me fijé en el verdajo de Juan, el amigo. Era impresionante. En mi vida había visto cosa igual.

Al poco rato, Ana estaba dejándose montar por el perro, mientras le comía el coño a nuestra madre. Mi hermana intentaba meterse la polla de Juan en la boca. Yo me acerqué a mi madre para que me la chupase. De pronto con unos chillidos impresionantes de placer, se corrió Ana. Cuando el perro la desmontó se fue a lavar y yo aproveché para montar a mi madre. Mientras Juan follaba a mi hermana.

Fue una corrida impresionante. Después de una charla decidimos repetir la experiencia siempre que nos apeteciera y así seguimos todos la mar de felices y contentos.

Silencio - Madrid


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