Alargando el placer

Tengo seis años más que Esteban aunque no lo parece. Al contrario, la mayoría cree que soy la más joven de la pareja. Esto enorgullece a mi novio. Además, cuando nos hallamos juntos siempre se hace muy tarde. Nunca encontramos el momento de despedirnos.

La semana pasada nos encontrábamos en casa de unos amigos. Charlábamos de muchas cosas. El matrimonio, la familia y de todo lo demás. De repente, nos dimos cuenta de que las miradas estaban puestas en nosotros. Habíamos bebido bastante y el ambiente se había entonado hasta los límites de la cachondez.

Por eso quisieron saber cómo nos iban las cosas en la cama.

—¡Oh...! —dije toda cortada— ¡No pensaréis que Esteban y yo...!

—¿No? ¿Queréis tomarnos el pelo? ¿Vais a contarnos que después de cuatro años no habéis mantenido relaciones sexuales? —preguntó el mejor amigo de Esteban.

Los demás reían, aunque no por mucho tiempo. Mi novio y yo nos pusimos muy serios.

—¿De verdad que no? —quiso saber Inma— ¡Pero si eso es un crimen! Con lo bien que os lleváis y os entendéis... ¡Algo que lo vería hasta un ciego!

Busqué la mirada de Esteban para refugiarme en ella. Se hallaba sonriendo y puso su brazo sobre mis hombros.

—¡Tenéis mucha razón! Ya hace tiempo que pienso en esto; pero no me atrevía proponerlo. Me daba miedo tu reacción, que lo nuestro se rompiera.

En aquel momento sí que se dispararon todos en unas risas de carcajada limpia. Mientras, notaba el calor del brazo de Esteban, de forma distinta a otras veces. Hasta aquel día sólo le había visto como a un buen amigo; no se me había ocurrido desearlo como a un amante.

Creo que él se dio cuenta de que yo me estaba ruborizando y que empezaba a sentirme incómoda bajo el peso de tantas preguntas.

Nos despedimos para irnos a la casa de Esteban, ya que sus padres se encontraban de viaje.

—Lo que has dicho era una broma, ¿verdad? —pregunté.

—¡De broma nada! ¡Cuántos días te he dejado, y lo primero que he hecho ha sido ir corriendo al lavabo para masturbarme...! ¡Yo soy un hombre y tú una mujer! Cuando te beso me pongo caliente, pero nunca me atrevo a seguir — me confesó.

Quedé sorprendida. Pues, mientras me lo decía, me había dado cuenta del bulto que aparecía en sus pantalones; además, a mí la cabeza me ardía.

Creo que los dos consideramos que ya habíamos hablado demasiado. Esteban me besó y quedé atrapada en un torbellino de placer y de curiosidad. Me dejé llevar por mis instintos sin reprimirlo.

Muy pronto yacíamos desnudos uno encima del otro. Me encantó sentir la fina piel de Esteban sobre la mía. Me comenzó a acariciar con cuidado el coño; mientras, en mí se encendían miles de puntos sensibles. ¡Era maravilloso! Ya no podía parar; quería más; deseaba llegar al fondo de la cuestión, culminar en un orgasmo.

Estuvimos mucho rato alargando el placer y la excitación, hasta que él me agarró con fuerza y me penetró. Con movimientos precisos y continuados consiguió que me corriera, mojándome toda.

Luego, en el último instante, él sacó la polla y eyaculó sobre mi coño pelado.

Cariñosamente nos quedamos abrazados; a la vez, notábamos los latidos del otro.

«¡Cuánto te quiero, Esteban!», pensé para mis adentros.

Ahora entiendo porqué se reían todos. ¿Cómo era posible que no lo hubiéramos probado nunca? Simplemente manteníamos una relación de amigo y amiga, sin que el Sexo apareciese entre nosotros.

Realmente preferí este tipo de intimidad. Era más completa y satisfactoria. Además, desde aquel día, descubrí mi mundo sexual interior, mis fantasías, mi ciclo... ¡Todo un universo nuevo que me ayudó a conocerme muchísimo mejor!

SUSANA - VALLADOLID


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