Una familia en celo

De acuerdo con todos los de mi casa escribo esta carta para contarles nuestro caso familiar. Somos mi marido, un hijo con una subnormalidad de grado bajo, una hija muy espabilada y yo.

Cuando mi hijo tenía 18 años, debido a su insistencia en el sexo y a las continuas erecciones de su polla, me vi obligada a joder con él. Para calmarlo y, al mismo tiempo, apagar los fuegos que en mí se habían incendiado en el largo proceso.

El chico se hallaba bien dotado. Así que me lo llevé a la cama. Lo entendía todo, a pesar de algunas insuficiencias. Me hizo la penetración. Jodimos a la perfección y me corrí tres veces, gracias al placer. Mi hijo disfrutó mucho al echarme su leche dentro del coño.

Después de un buen rato de estar gozando, resultó una cosa excelente para ambos haber dado un paso tan importante.

Se lo conté todo a mi marido, ya que jamás le he ocultado nada. En lugar de reprochármelo, se le puso la polla tiesa. Por otro lado, yo sabía que a él le gustaba nuestra hija. Porque a sus 20 años ya era una mujer con las suficientes carnes para resultar apetecible a cualquier hombre. Y resultaba provocativa, en especial cuando andaba por casa ligerita de ropas. Ella sentía el sexo con tanta fuerza o más que su hermano. Por eso la llamé y le dije a mi esposo:

—Enséñale la verga, Mariano. ¡Ya verás como tu hija querrá joder contigo!, porque la niña se masturba a menudo. ¡Pero ponte un condón!

Así lo hizo él. Me quedé para ver lo que podía ocurrir. Mi hija reaccionó muy bien. Cogió la polla de su padre, exclamando:

—¡Vamos a joder, papá!

—Sí, hijita. ¡Y con el consentimiento de tu madre, que acaba de hacerlo con tu hermano!

Yo misma le embadurné el cipote con una crema fina. Y él la penetró con suavidad, hasta llegar bien al fondo. Pronto escuchamos a la jovencita gemir. Creo que sintió algo de dolor. Seguidamente, sus ayes y sus gemidos fueron de gusto. Se corrió dos veces casi seguidas.

Mientras, su padre continuaba jodiéndola con celeridad. La hizo obtener otro clímax. En el mismo momento que él eyaculaba su leche en el condón. Fatigado y suspirando por la gozada que suponía haberse follado a su propia hija. Pues ésta hacía tiempo que lo venía deseando, pero no se había atrevido a pedirlo.

Desde el día siguiente la niña comenzó a tomar la píldora. Quería follar sin las molestias del condón. Para recibir la leche de su padre dentro del coño sin ningún peligro.

Los dos disfrutaron lo indecible al realizar el primer contacto sexual sin ningún tipo de obstáculos artificiales. Mientras, cada día yo lo hacía dos o tres veces con mi hijo, sin miedo a que me depositara el esperma en la cavidad vaginal. Estaba bien defendida con la píldora. Y éramos muy felices.

Mi hija también con su padre dos veces por jornada; además, les permití que se acostaran juntos, porque yo lo hacía con mi jovencito. Les vi montando un 69, para brindarse un enorme gustazo. Las mamadas de sus sexos los enloqueció.

¡Cómo se disfruta en casa, sin que las «lenguas de doble filo» se enteren de nada!

En una reacción lógica lo que conseguía una pareja, servía de estímulo para que lo repitiese la otra. Mi hijo se convirtió en un verdadero campeón de la comida de coño. Y su vigorosa polla me ofrecía, a mí, la posibilidad de efectuar una prodigiosa felación.

Las caricias bucales del jovencito me llevaban a la gloria. Manejaba la lengua con la habilidad de un especialista en pegar sellos: la sentía unida a mis carnes, queriendo obtener toda su substancia y, al llegar a mi clítoris, su dedicación adquiría niveles muy especiales. Llegué a creer que esa ciencia era algo intuitivo, debido a que realizaba una titilación incansable, y a mí me llegaban los orgasmos en aluvión.

—¡Déjame, cariño...! ¿Es que quieres matar a tu mamaita...?

—¡No, lo que deseo es que obtengas la misma felicidad que tú me das a mí cuando me lames la chorra! —decía él, muy seguro de sus actos.

Era tanto lo que disfrutábamos con nuestros hijos que hacíamos de todo, ya estuviéramos en la cama o en cualquier otro sitio de la casa. Las folladas a estilo perro se convirtieron en una práctica habitual para nosotros. Esto nos permitía la penetración anal.

Mariano regalaba a su hija con una enculada fenomenal, pues ella ya le ofrecía un hermoso pandero. Toda la polla de 17 centímetros la entraba entera. Tocándole el clítoris con su mano. Hasta que le hacía correrse enloquecidamente. Algo que se repetía en el momento que recibía el chorretón de la leche en el túnel culero.

Mi hijo y yo realizábamos lo mismo con idéntica frecuencia. Porque a él le encanta darme por culo. Me mete su polla de 20 centímetros de largo, y allí encuentra un orificio que lo admite con facilidad. Le he enseñado a tocarme el clítoris. Con esto me proporciona varios orgasmos. Los dos unimos los jadeos y las muestras de fatiga. Al final me echa su leche en el interior.

Los dos hermanos también follan entre sí. Disfrutando locamente en nuestra presencia. Estamos bien compenetrados. Y el tiempo transcurre con celeridad. Un día que me encontraba encima de mi hijo, vino mi marido para entrarme por el culo. Así fue como tuve la suerte de que dos pollas estuvieran a la vez en el interior de mi cuerpo. Me gustó tanto que lo hemos repetido a menudo.

Mi hija también lo ha probado y le apasiona. Nada hemos dejado en el tintero. Basta con que veamos o leamos algo nuevo para, en seguida, entregarnos a realizarlo sin ningún prejuicio.

Ahora padre e hijo se están penetrando mutuamente, como si jugaran a ser «homosexuales». Ya entenderéis, por lo que vengo escribiendo, que mi hija y yo también recurrimos a las experiencias «lesbianas».

Hace siete años que mantenemos relaciones sexuales con nuestros hijos. Ellos se sienten muy satisfechos y nosotros también. En una frase: la felicidad es completa en mi hogar.

CARMA - BARCELONA


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