Mi hijo me obsesiona

Soy una mujer casada de 50 años. Mi apariencia es juvenil y agradable. Tengo dos hijos, un chico de 18 y una chica de dieciséis. Son estupendos. El chico resulta realmente espléndido, y su rostro perfecto se adorna con un cabello largo y rubio. En la Universidad es el primero en todo. Se halla provisto de una gran vitalidad y se pasa el día cantando. Los profesores le han asegurado un porvenir brillante, porque es inteligente y equilibrado en sus reacciones.

Lo que sucede es que ya ha tenido en sus manos revistas pornográficas, y en casa nunca le hemos prohibido que vea en la televisión las películas de dos rombos.

Por otra parte, desde hace un tiempo vengo pensando que mi hijo tiene el complejo de Edipo —ya sabéis, eso de «querer ocupar el puesto del padre para unirse carnalmente con su madre»—, porque muestra una verdadera locura por mí. Siempre me está besando y, a través de un gran número de detalles, me doy cuenta de que le gusto tanto como madre, como mujer. Cuando mi marido está de viaje, siempre trata por todos los medios de dormir conmigo. Y cuando accedo, se queda acurrucado contra mí.

Supongo que las cosas que voy a detallar a él le pasarán en sueños. El caso es que se le pone la cola erecta y me golpea en los glúteos. No digo que pretenda meterla en mí. Lo que sucede es que la tiene demasiado grande y me la deja sentir con cierta violencia.

Cada vez que ésto sucede, yo procuro retirarme; sin embargo, mi hijo me busca con los ojos cerrados y en sueños, dando pie a una situación que ha terminado por obsesionarme. ¿Es posible que un chico de dieciocho años sienta con tanta fuerza la pasión sexual por su propia madre?

Me faltan respuestas para tantas preguntas. Además, en ocasiones me veo obligada a masturbarme. Porque sus ataques inconscientes resultan de una fuerza tal, que soy incapaz de aguantarme. Necesito desahogarme, ya sea en la cama o en el aseo.

La verdad es que yo tengo la culpa de que él se sienta atraído por mí. Muy a menudo paseo desnuda por el apartamento, debido a que nunca le he dado importancia a esas cosas. Ni pongo el menor obstáculo para que entre en mi cuarto cuando me estoy vistiendo. Y desde hace un tiempo me doy cuenta de lo mucho que le gusta verme así.

Quizá de todo esto tenga la culpa, también, que mi marido me deja mucho tiempo sola. Sé que podría echar dos polvos al día, ¡y he de conformarme con uno a la semana!

Algunos detalles me indican que mi hijo no va a tardar en tener deseos sexuales. Es muy fácil que pronto decida calmarlos con un goce solitario, y con el afán de saber muchas cosas en este terreno.

No me da miedo la responsabilidad. Lo que si temo es mi reacción. En ocasiones desearía ser yo la que me decidiera a follar con él. Sé que sería una locura. Pero, ¿existe alguna manera de controlar los desvaríos de mi mente?

Ya les he hablado a mis hijos muchas veces de temas como la forma de nacer los niños, etc. Para que no sean ignorantes y sepan pronto cómo van las cosas. Personalmente soy una mujer bastante insatisfecha en el terreno sexual, porque mi marido, a causa de un accidente, quedó inválido y sólo podemos tener relaciones íntimas de una forma esporádica. Precisamente esta invalidez le hace pasar fuera de casa muchas temporadas.

Admito que una mujer casada tiene la obligación de adaptarse a sus circunstancias. Tendría que ser más fría y calculadora. Pero esto no va con mi personalidad. Prefiero desahogarme con la masturbación.

Muchas noches que dormimos juntos, mi hijo se pega contra mi espalda y mete su mano derecha entre mis muslos. Entonces pienso si ya sentirá deseo...

El último sábado me quedé dormida y, al despertarme de madrugada, me di cuenta de que él mantenía una mano sobre mi coño. Me volví a sentir muy excitada, aunque no le dije nada.

Cada vez pienso más a menudo en ésto: ¿es bueno para su equilibrio físico y moral dejarle alimentar ciertas ideas, unos deseos sexuales y permitirle satisfacerse solo? O bien debería, llegado el momento, dejarle introducirse en mí, fingiendo que duermo, porque desde luego no me siento capaz de aceptarlo abiertamente.

Lo último que me está ocurriendo es algo más sorprendente. Me refiero a las pocas veces que «hago el amor» con mi marido. Debo considerarlo un buen amante. Claro que me busca en este sentido tan pocas veces...

Aquella mañana, mientras mi marido se sentaba ante la mesa de la cocina, dejé que admirase mis tetas firmes, mis caderas redondeadas y suaves, que sabía plenas y rotundas debajo de la tela de la bata de seda. Me acerqué tanto, que conseguí que una de sus manos se posara en mis nalgas.

—¿Qué te sucede hoy, cariño? —me preguntó, bromeando.

—Vas a tener que adelantar tu día de actividad sexual.

—Siempre lo hacemos los sábados y hoy es viernes. ¿No te puedes esperar, Margarita?

—Me parece que no...

De pronto, tuve que dejar de hablar. Porque a quien tenía delante no era a mi marido sino a mi hijo... Sacudí un poco la cabeza, cerré los ojos y, al abrirlos, recuperé el sentido de la realidad.

Mientras, permanecía de pie, con la cafetera en la mano y la mirada vidriosa puesta en algún punto de la pared de enfrente. Notaba una extraña sensación de desasosiego. Estábamos solos, en el centro de la cocina y mi marido seguía manteniendo su mano en mi culo, acaso para intentar descubrir las profundidades de mi hendidura.

Sonriendo levantó suavemente los bajos de mi bata, y el recorrido de sus dedos se insinuó sobre mi piel sedosa y desnuda. Un ligero temblor recorrió mi cuerpo, que él interpretó como una reacción positiva.

Unos momentos después y, sin saber realmente como había sucedido, me vi sentada en sus piernas y con las bragas caídas en el suelo. Con el pulgar y el índice alcanzó los labios de mi coño, que se le abrieron como pétalos de rosa... ¡Pero no a él sino a mi hijo! El «fantasma» de éste se encontraba junto a mí, usurpando el cuerpo y todas las acciones de su padre.

Me notaba tan excitada que ni siquiera me molesté en recuperar la realidad. Me sentía muy a gusto con el cambio, que provocaba mi obsesión incestuosa.

Oprimí la mano que me acariciaba y la mantuve firme contra mis genitales.

—Sigue, sigue... ¡Acaríciame de una forma más penetrante!

Mi voz sonó quebrada, a causa de que estaba perdiendo el aliento. Apenas un segundo más tarde proferí un gritito ahogado y me volví. Le pasé los brazos alrededor del cuello. Y le besé «apasionadamente. Un sinfín de tabúes se derrumbaron en mi mente... ¡Lo acababa de hacer con mi hijo!

Luego, me puse de pie como si estuviera siendo impulsada por una fuerza irresistible y me senté en la mesa de la cocina. Mis piernas se enroscaron alrededor de la cabeza de mi hijo, ven amante, y él hundió su boca entre mis muslos mojados de humores y de pasión. No me extrañó que se mostrara tan experto, a pesar de que yo sabía que era la primera vez que se relacionaba sexualmente con una mujer.

Su lengua comenzó a actuar con la eficacia de los gestos instintivos, esos que nadie puede enseñar pero que se poseen desde el momento del nacimiento... ¡Desde el momento que yo le parí!

Tardé sólo unos segundos en caer hacia atrás «bramando», emitiendo unos sonidos entrecortados, jadeando y revolviéndome sobre la madera de la mesa y algunas tazas y platos. Después, me erguí y le atraje sobre mí... ¡Cuántas noches de angustia se resolvían con este paso!

Le desabotené la cinturilla del pantalón y le bajé la cremallera de la bragueta, haciendo uso de unas manos que se movían a una velocidad inaudita. Metí mi diestra entre su slip y tomé su polla, con el único propósito de sopesarla un momento. Lo llevaba deseando hacía cuatro meses. Me pareció más grande de lo que había calculado durante esas noches en las que me golpeaba, dormido, en los glúteos.

Me hallaba tan fuera de mis autocontroles que ni siquiera sabía a ciencia cierta lo que debía hacer. Pero mi decisión fue rápida. Tiré de él con tanta energía, que le hice perder el equilibrio... ¡Vaya fortuna: cayó sobre mí y me penetró violentamente!

Le mantuve apretado contra mis muslos, temerosa de que se me escapara. Era su primera vez, sólo tenía 18 años, y podría haberle asustado mi vehemencia. Por último, olvidado cualquier tipo de precaución materna, me lancé a agitarme igual que una maniática.

Mi pelo se extendía sobre la mesa y, en dos ocasiones, estuve a punto de caer rodando. Esto aumentó mi excitación, por eso rugí:

—¡No... No te salgas, cariño!

Me di cuenta de que él intentaba mantener el equilibrio, con sus manos firmemente clavadas por debajo de mis nalgas. Sin embargo, yo estaba tan encharcada que a veces a él sus dedos se le escurrían. Además, mis movimientos resultaban tan bruscos que un plato cayó al suelo y el ruido nos sobresaltó.

—Vamos a la cama, Margarita —me dijo, un poco contrariado.

¡Súbitamente me di cuenta de que no era mi hijo aquel amante, sino mi marido!

Su voz había intentado, y conseguido, romper mi fantasía. Pero no lo consentí. Volví a jugar con mi imaginación, hasta lograr hacer «real» la irrealidad.

—Seguiremos aquí, cariño —musité, cachonda perdida—. Las novedades siempre son excitantes.

Al final entré en un largo espasmo, pero con tal violencia, con tal furia, que llegué a creer que había enloquecido... Minutos después, acepté que me llevase a la cama. Pronto sentí su boca volviendo a cerrarse sobre mi coño. No pude pensar en otra cosa que en la lengua de mi hijo, recorriendo milímetro a milímetro mi piel.

De pronto, hice un movimiento giratorio. Coloqué mis piernas sobre sus hombros y mi coño contra su boca. Y él deslizó sus manos por mi espalda, hasta encontrar mis redondas nalgas. Las apretó contra su cuerpo con los dedos hundidos en mi grieta. Eran unos momentos delirantes y, al mismo tiempo, tan violentos que debía realizar un gran esfuerzo para no clavarle los dientes en alguna parte de su cuerpo.

Después, me coloqué a cuatro patas, como una perra en celo, palpitando y urgiéndole a que me poseyera, casi forzándole a ello. Necesitaba vencer la timidez propia de su edad, la barrera que impide a un hijo tan joven follarse a su mamá.

Mi voz desgarrada y rota, mis hondos quejidos, hicieron inútiles las palabras. Conseguí convencerle. Y al sentirme penetrada, quedé tan aturdida que ni siquiera supe cómo reaccionar. Con el largo bastón clavado entre mis piernas... Salí de dudas en el momento que se produjo la gran corrida, inundadita, quedé con la leche de mi hijo.

—¡Al fin has sido mío! ¿Te das cuenta cómo no ha resultado tan malo...? —pregunté, en un susurro y con los ojos cerrados.

—Pero, ¿qué estás diciendo, Margarita?

Entonces, cruelmente, me di cuenta de que no había estado follando con mi hijo. Era mi marido el que me pedía una explicación, que intenté darle con la mayor naturalidad posible:

—Ha sido una forma de expresarme... Ya sabes como me pongo cuando «hacemos el amor»...

—La próxima vez tendrás que dejarme que me quite la pierna ortopédica. ¡No tienes ni idea de lo que me duele ahora!

Un reproche que no quise escuchar. Volví a mi obsesión. Porque mi seguridad se desquebrajaba. No había ninguna duda de que todo el momento vivido suponía la necesidad imperiosa de follar con mi hijo... ¿Cómo podía hacerlo? ¿No sería conveniente que esperase unos años más?

Si continuaba permitiéndole que se acostara conmigo, estaba segura de que sucumbiría. Se me ocurrió solicitar la ayuda de mi hermana. Ella es más experta que yo y seguramente se le ocurriría alguna solución o me daría el consejo más apropiado.

También valoro lo que publicáis vosotros sobre los incestos. Pero nunca he leído casos de madres que lo hagan con sus hijos de 18 años... ¿Acaso es que yo soy una mujer demasiado ansiosa? No hace falta que respondáis a mis preguntas. Escribir este relato me ha servido como un desahogo. Estoy segura de que encontraré la solución por mis propios medios.

MARGARITA - GERONA


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