Sexo con champán

Amigos de mil Relatos. Después de las experiencias vividas por mi esposa y por mí con el chico que hacía Aerobic con ella, nos ocurrió algo sensacional.

Yo soy aficionado a leer el horóscopo, ya que en ocasiones algunas de las predichas en el mío o en el de mi mujer se han cumplido. Pero nunca sospechamos que esta vez se cumpliera tan exactamente. Resultaba que, un día, en el signo de mi esposa se decía que ejercía una fuerte atracción sexual sobre los señores ya maduros y los de tercera edad, y que se vería envuelta en un romance con uno de ellos que debía ser aficionado al champán. Y así fue.

La Nochevieja última acudimos a pasarla con unos amigos del Club que es frecuentado en nuestra ciudad por personas de la, digamos, alta sociedad.

La cena transcurrió alegremente, entre copas de vino, hasta que, con las doce campanadas y las uvas de rigor, corrió abundante champán. Todos tomamos varias copas de más, y nos pusimos a bailar los pasodobles, rumbas, sambas y demás canciones ligeras que la orquesta tocaba.

Hubo un momento en que todos los de nuestro grupo hicieron un círculo alrededor de mi esposa y uno de nuestros amigos, que bailaban una rumba en el centro. Ella se cogía la falda a un lado con una mano, enseñando la rodillla y el muslo. Otras veces se cogía la falda con las dos manos, y se la levantaba hasta casi asomar el triángulo de sus bragas negras. El la rodeaba por la cintura, se pegaba a ella hasta rozar su culo con el ya ostensible bulto de la bragueta, se acercaba mucho haciendo ademán de besarla para que ella se retirara enseguida antes de que rozaran sus labios, dando un fuerte giro que hacía subir su falda.

Para contemplar mejor el espectáculo, yo me fui a la barra a tomar una copa de champán. Y allí encontré a nuestro hombre: El era alto, no muy delgado, como de 60 años bien llevados, todo el pelo blanco, y bigote blanco también, bien vestido con un traje gris y chaleco, educado y correcto en sus modales.

—¡Vaya mujer esa! —me dijo, pretendiendo ignorar que yo era su esposo, cosa que había saltado a la vista para todo el mundo durante la cena y el baile — ¡Qué pena no tener veinte años menos para conquistarla!

—Antes debería conquistar al marido, ¿no cree? —respondí yo.

— ¡Claro, claro! Las mujeres casadas tienen un encanto, una atracción especial sobre mí. Son... experimentadas, saben comportarse, sacarle jugo a las raras situaciones, digamos... peligrosas que se les presentan, ¿no cree usted?

—Sí..., puede ser —respondí. Ambos seguíamos las evoluciones de mi esposa durante su baile.

—Aparte de que... todo hombre tiene un precio, como toda mujer. Y el marido de esa estupenda señora puede sacar mucho partido de su belleza si actúa con inteligencia y elige el... socio... adecuado.

Esto me convenció de que había experiencia a la vista, y decidí seguir el juego de mi interlocutor abiertamente. A todo esto, mi esposa seguía bailando una canción tras otra, yendo de vez en cuando a la mesa próxima a beber champán para volver luego a los brazos de la pareja ocasional.

Bailaba cada vez, a cada trago, más obscenamente, subiendo más su falda y durante más tiempo, acariciando al hombre a veces, dejándose abrazar otras, mientras todos la jaleaban con palmas y oles.

—¡Mire usted, mire usted! —me dijo mi nuevo amigo— ¡Qué piernas, qué gracia, qué ardor pone esa mujer en su cuerpo!

—Y está muy buena — completé yo.

—¡Buenísima! ¡Es una mujer de bandera, como se decía en mis tiempos! ¡A una mujer así se le da... todo. Se la tiene como una reina, con tal de poseerla aunque sólo fuese de vez en cuando! ¡Mire, mire, cómo menea ese culo, cómo saca el busto, cómo se insinúa! ¡Qué mujer, qué mujer!

—Si quiere, si tanto interés tiene en ella, se la presento —le propuse.

—Se lo pido por favor. Desearía hablar con ella a solas, si el marido no se opone.

—¡No, qué va! Voy a traerla para presentársela.

Aprovechando un descanso de la orquesta, fui a por mi mujer y la puse en antecedentes. La llevé a la barra, se la presenté a mi amigo y me retiré dejando a elección de ella lo que pudiese suceder después. Vi, desde lejos, cómo hablaban animadamente mientras bebían champán. Ella trató de enseñarle a bailar la rumba y se dio unas cuantas vueltas ante él, mostrando de nuevo sus piernas.

Siguieron hablando durante más de media hora, hasta que salieron al jardín. Casi de madrugada, el Club estaba vacío. Salí al jardín a por mi esposa para regresar a casa. Estaba oscuro. Mi maduro amigo y ella estaban sentados en un banco hablando muy bajito. Llegué hasta ellos y, en la oscuridad, pude ver que mi mujer mantenía su falda subida hasta casi la cadera enseñándole las piernas que abría y cerraba impúdicamente entre risitas.

Se había desabrochado un poco el vestido, ensanchando su escote para dejar ver el comienzo de sus voluminosos pechos que él miraba fijamente relamiéndose. Sin duda la conversación había girado sobre el cuerpo de mi esposa, por lo encendido que el hombre se mostraba y la indiferencia con que ella mostraba sus encantos.

— ¿Nos vamos? —pregunté—. Está amaneciendo ya.

—Me permitirán —dijo él— que les invite a una última copa en mi casa. Tengo un chalet aquí cerca, que pongo a la disposición de ustedes, en especial de usted, mi hermosa señora.

—Necesito una ducha —dijo ella fingiendo inconsciencia y aceptando así la invitación.

Se levantaron, mi esposa le cogió a él de la mano mientras me hacía una seña para que caminase detrás de ellos. Y así nos dirigimos al coche de nuestro amigo.

Durante el trayecto, mi esposa se sentó junto a él, que conducía, y yo atrás. Vi cómo ella pasaba un brazo sobre el respaldo del sillón de nuestro amigo y le acariciaba la nuca, las orejas y el cuello. Luego, ella metió la mano bajo su falda, que dejó subida hasta mostrar sus negras bragas, hurgó en su coño y volvió a sacarla para olerla.

—¡Uff! —exclamó— ¡Estoy empapadísima de jugos! ¡No he dejado de mojar mis bragas en toda la noche!

Y le puso a él la mano ante la nariz para que la oliera.

—¡Dulce néctar! —exclamó él con afectación—. ¡El néctar del amor, el jugo del placer de los placeres!

Los tres reímos la ocurrencia hasta llegar al chalet de nuestro nuevo amigo. Amanecía ya.

La casa era extraordinaria. Entramos, y él nos condujo a un gran salón. Enseguida sacó una botella de champán muy fría, y sirvió tres copas.

—Estáis en vuestra casa. Todo lo que hay es vuestro. Nadie nos molestará, así que podemos hacer lo que queramos y hasta cuando queramos.

—...o hasta que no podamos más —repuso mi esposa—. Mejor todavía: hasta que ya no aguantéis más.

Y diciendo esto se marchó, moviendo ostensible el culo, hacia el baño. Yo le hice a él un guiño para que admirara el movimiento de sus cachas, y él se mordió el labio inferior para expresar su admiración ante la hermosura de mi esposa.

Por el ruido del agua de la bañera, supimos que mi mujer no había cerrado la puerta. Nos fuimos hacia el baño, y la contemplamos un rato metida en el agua de espuma, una espuma que apenas cubría sus pezones dejando ver sus dos voluminosas tetas casi por completo. Yo me saqué la polla ante el asombro de nuestro amigo, que sin duda pensó que me disponía a metérsela a mi mujer en la boca o algo así, pero me puse a mear... dentro de la bañera.

—¡Guarro! —protestó ella dándome un manotazo en el pito que sólo consiguió desviar el chorro hacia sus tetas, sus hombros, su cuello y su cara, mientras los dos hombres nos reíamos.

Inmediatamente se levantó ella, mostrando todo su hermoso cuerpo desnudo ante nosotros, llena de espuma. El se apresuró a rodearla con una gran toalla blanca, secándola dulcemente la espalda, el culo, los hombros, los brazos, las tetas... Mi esposa se puso a sollozar falsamente echándole los dos brazos al cuello y apoyando la cabeza en su pecho mientras él aprovechaba para apretarla, desnuda como estaba, la toalla caída al suelo, contra su entrepierna, y magreaba su culo, piernas y espalda.

—¡Mira lo que me ha hecho éste cabrito! —se quejaba ella inocentemente—. ¡Ha estropeado mi baño, con la falta que me hacía! ¡Si será marrano!

—¡Pobrecita! —la consolaba él besándola en la cara, las orejas y el cuello—. ¡Eso no se le hace a una hembra como tú!

—¡Pues por hacerme esa putada —me dijo entre sollozos falsos—, ya no te dejo que me folles, hala! ¡Eres un cabroncito, marido! ¡Ya no te doy teta!

El se sentó en una banqueta próxima, y ella se colocó en sus rodillas abrazada a su cuello, dejando que le tocase uno de sus pechos.

—¡Te voy a poner los cuernos con este señor! —me dijo—.

¡Por malo! ¡Le fiaré a él de mamar y a ti no, con lo que te gusta! ¡Por malo!

Y cogiéndose las dos mamas, se levantó y se las puso ante la cara, lo que él aprovechó para comérselas goloso, lamiendo ambos globos alternativamente, mordiendo los pezones mientras magreaba el culo de ella. Cuando más encelado estaba él con las dos tetas, mi mujer se levantó de sus rodillas y, de la mano, se lo llevó al salón, donde los tres bebimos algunas copas de champán seguidas.

Mi esposa se fue al tocadiscos, y puso música pop, poniéndose a bailar como una posesa, acariciándose el vientre, las caderas, los muslos, los brazos, los hombros, las tetas...

Se cogió ambos pezones entre los dedos y, riendo alocada, se tiró de ellos cuanto pudo, para mover sus tetas arriba y abajo al ritmo endiablado de la música. Luego se echó el champán de la copa de nuestro amigo por el canal de sus pechos, chorreándole hasta el ombligo, los pelos del coño y muslos abajo hasta los tobillos. Y por fin, se metió un dedo entre los abiertos muslos y se puso a masturbarse la pepita de su coño mientras reía diciendo:

—¡Oh, qué gusto! ¡Qué puta me siento! ¡Soy una yegua caliente!

A todo esto, yo seguía con mi polla fuera y empalmadísimo, sentado en el sofá con mis piernas abiertas y observando al otro hombre cómo no separaba los ojos de mi mujer.

—¡Necesito un macho! — dijo ella sentándose de nuevo en sus rodillas y ofreciéndole los labios, que él besó mientras masajeaba sus pechos.

—¡Qué buenísima estás, chiquilla! —exclamó él tocándole ahora el chocho—. ¡Yo seré tu macho, hermosa mía!

—¿Tú? —gritó ella levantándose y poniendo los brazos en jarras y las piernas muy abiertas ante él—. ¿Y que harás con este cornudo? —me señaló sin mirarme—. ¡Tendrás que contentarle con algo para follarme con más tranquilidad! ¡Porque los dos no me la metéis, eh! ¡Los dos no, porque éste está castigado por haber meado en mi baño! ¡Así que..!

—No te preocupes, que yo me ocupo de él —respondió nuestro maduro amigo— conmigo —se dirigió ahora a mí, comprendiendo lo que mi mujer había querido decir— no quedaréis defraudados. Por una mujer como la tuya soy capaz de ofrecerte lo que sea, lo que sea con tal de comerme su coño, si a ti no te importa.

—¡Oh, qué feliz soy! — exclamó ella bailando en el centro del salón. Sus grandes mamas se movían al ritmo de la música y su culo se contoneaba sin parar mientras nosotros la mirábamos—.¡Quiero un abrigo de visón...!

—¡Eso está hecho! —dijo él.

—¡... y quiero viajes, joyas, vestidos...! ¡Quiero ser una Reina!

—¡Una Reina puta! —dije yo.

—¡Eso, puta, muy puta! ¡Una Reina putísima!

—¡Serás mi reina, y mi puta! —completó él.

—Y tú —se abrazó a él cogiéndole la cabeza para guiarle la boca a uno de sus pechos— serás mi querido, mi perrito lamedor, mi follador, mi mamón. ¡Y ése —me señaló mientras tiraba de nuestro amigo para llevarlo al cercano dormitorio— será mi cabrón!

Desde el salón, sentado en el sofá con una copa de champán en la mano escuché durante más de media hora los jadeos y comentarios de ambos follando en la habitación contigua.

—Ven, conejito mío - decía mi esposa— que te chupe tu estaquita. ¡Oh, qué gorda la tienes! ¡Pero si te empalmas como un chaval! ¡Vaya picha hermosa para mi coño!

—¡Aaaahhh, zorrita —suspiraba él— qué bien la mamas, qué gusto me das! Ambos habían comprendido que yo necesitaba oírles para hacerme la paja que necesitaba. Los tres nos corrimos al tiempo, tras de lo cual mi esposa decidió acabar la sesión por esta vez y dormir diez o doce horas.

Pero nuestro amigo insistió en que no nos fuéramos, tuvimos que hacer algunas llamadas para poner en orden los asuntos familiares y poder pasar todo él día primero de este año y la noche siguiente en el chalet de nuestro nuevo y maduro compañero sexual.

Ahora, mi esposa estará con él, seguramente. En verdad, la tiene como una reina, pues la ha inundado de pieles, joyas y vestidos, y de vez en cuando la regala un dinero en efectivo que nos sirve para cubrir algunos caprichos de ambos. Para el verano, dice que regalará a mi mujer un coche. Ojalá esto dure.

MANUEL Y GLORIA - VALENCIA


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