El placer del enema

Sr. Director

Soy asiduo lector de milRelatos y de un tiempo a esta parte, he notado menos variedad. Veo que se repiten constantemente, y que los relatos son menos picantes y artificiales. Por esto, me animo a enviarles un hecho real del que he sido protagonista.

Soy practicante y ejerzo en un consultorio que tengo en una zona residencial. En los últimos meses he tenido una cliente bastante asidua que, al final, me ha utilizado, en cierta manera, para sus raras aficiones que, por otra parte, no son tan raras y si bastante corrientes.

Se trata de una mujer casada, de unos treinta y tantos años, de muy buen ver, rellenita de carnes, rubia, y que viste siempre con ropas que denotan una buena posición económica.

Hace cuestión de un mes, vino para que la inyectara algo sin ninguna importancia, en varias sesiones alternas. Desde el primer día, empezó a quejarse del tremendo estreñimiento que le aquejaba desde hacia algún tiempo, y me pidió que le aconsejase algún remedio eficaz.

Yo me limité a indicarle los más comunes, que pueden adquirirse en cualquier farmacia sin receta médica. En días sucesivos, al preguntarle yo qué tal andaba, ella me dijo que los resultados habían sido negativos y me pidió que la ayudase pues estaba preocupada por el tiempo transcurrido.

Le aconsejé, entonces, que se pusiera un enema preparado. Cuando me respondió que ya lo había intentado sin ningún éxito, le indiqué la posibilidad de ponerse uno corriente con agua tibia y un poco de sal.

Me contestó, con grandes aspavientos, que no era capaz de ponérselo, ni de soportarlo. Fue entonces cuando yo intuí que, bajo sus palabras, había un deseo oculto de seguir hablando del tema, una reprimida excitación al referirse a este antiguo remedio.

Al cabo de dos días, y con ocasión de ponerle la última inyección, hablamos de su problema intestinal, y ella, muy ruborizada, me pidió que la aliviara como pudiese, y me dijo que estaba dispuesta a cualquier cosa.

Quedé bastante sorprendido porque, normalmente, no pongo enemas. Pero no supe negarme a ello, y le indiqué que sería preferible hacerlo en su casa. Quedamos citados para el día siguiente, que es cuando yo tengo el consultorio cerrado a media mañana. Ella me encargó que yo llevase los utensilios necesarios, dado que en su casa no tenía.

Estuve pensando en el caso todo el resto del día, y sentí arrepentimiento por haber accedido a su petición. Pero, por otro lado, tenía una cierta curiosidad de conocer a aquella mujer más íntimamente. Además, yo no había provocado la situación, sino que más bien la había rehuido. Decidí seguir adelante.

Al día siguiente, a las diez de la mañana, con la máxima puntualidad llamé a su puerta. Me abrió ella misma. Me dijo que se encontraba sola en casa, para mayor facilidad. Me explicó que su esposo no regresaría hasta la noche, agregando que, de todos modos, él sería incapaz de ayudarla. Tampoco confiaba en la asistenta, que tampoco se encontraba ese día.

La señora Mercedes estaba guapísima, con un desarreglo muy arreglado, para estar por casa, y vestida con una bata muy elegante. Me ayudó a preparar el agua para el enema. Esto de que me ayudó es sólo un decir, porque estaba muy nerviosa y las manos le temblaban.

Después, entramos en el dormitorio. Para mayor comodidad, le pedí que se quitara la bata. Quedó ante mis ojos una mujer preciosa, vestida tan sólo con las braguitas y el sostén. Su aspecto era capaz de levantarle el ánimo al más decaído.

La hice colocar bocabajo en la cama y, con suma delicadeza, le quité su brevísima braguita blanca, que contrastaba con su piel bronceada por el sol. Le pedí que se relajara y, separando los preciosos globos de sus nalgas, me apresté a introducirle la cánula en su agujerito marrón. Dicha operación me costó un poco de trabajo, porque ella apretaba el trasero y además, no se estaba quieta.

Tuve que reñirla un poco para conseguirlo y, mientras continuaba con sus meneos, di paso a la introducción del agua, con resultado negativo, ya que mi paciente hacía continuos esfuerzos en sentido contrario. El agua iba a parar más fuera que dentro porque, con sus movimientos, la cánula se salía.

La reñí nuevamente, y porfié en vano, sacándosela y metiéndosela varias veces. Al final, después de prometerle, unos azotes, le di unas fuertes palmadas en el culo. Ella empezó a gimotear cuando sintió mi fuerte mano.

Yo sentí una fuerte excitación, que me era difícil disimular. Empecé a zurrarla rítmicamente en ambas nalgas, que pronto fueron adquiriendo un tono rosáceo. Ella, mientras tanto, gimoteaba y sollozaba como si fuese una niña y, con una vocecita mimosa, me llamaba «malo», y otras lindezas por el estilo.

Cuando me pareció que estaba más calmada, coloqué el depósito en un estante cercano, para tener las dos manos libres y separándole las nalgas, le introduje la cánula hasta muy dentro. La advertí que, si se salía una sola gota, la paliza se reanudaría. Al cabo de unos diez minutos, entre gemidos, lloros y súplicas, le introduje dos buenos litros de agua.

El espectáculo que me ofrecían sus largas y bien torneadas piernas, su trasero blanco nacarado, separado en dos hemisferios por una raja más oscura y sin ningún pelo, el vello ensortijado que protegía la entrada de su vagina, me pusieron al rojo vivo, y tuve que hacer un esfuerzo enorme para contenerme.

Ella, por su parte, estaba disfrutando como una loca. Sus gemidos eran de placer. Por sus movimientos, pude darme perfecta cuenta que estaba experimentando una serie de orgasmos que a duras penas le permitían retener el líquido.

Ya totalmente rendida, la liberé finalmente, y la dejé jadeante encima de la cama. Casi media hora la tuve así, sumisa, recibiendo las leves caricias de mi mano sobre su espalda y sus piernas, que yo iba recorriendo, distraídamente, mientras la consolaba.

Me dijo que se sentía avergonzada por haberse comportado como una chiquilla, pero que, sinceramente, nunca había podido soportar las lavativas. Después, me dio las gracias por habérselo hecho tan bien. Yo le respondí que no debía haber esperado tanto, y me ofrecí a aplicárselo cuantas veces lo necesitara.

Mercedes se ha convertido en una paciente que me visita con cierta asiduidad, antes o después de la hora de la consulta. Yo he tenido que agenciarme una buena colección de peras de goma con las que le doy alivio cuando lo necesita. Esto me permite, además, apreciar la fabulosa colección de braguitas y tangas que posee.

En todos nuestros encuentros seguimos siempre el ritual. Primero le administro una buena tanda de azotes, en diferentes posiciones.

A ella le excita sobremanera que la ponga sobre mis rodillas y la mantenga así durante toda la sesión. De ese modo, mientras lleno muy lentamente su barriguita de líquido, yo voy recorriendo sus primorosas nalgas y, al final, como quien no quiere la cosa, llego hasta su sexo y le hago una masturbación de padre y señor mío, aunque sin emplear jamás ninguna expresión de tipo sexual, como si los dos ignoráramos de qué se trata.

Sus visitas me proporcionan unas calenturas tremendas, que después alguien tiene que pagarlo. Pero yo sigo con la comedia porque me gusta y porque además, tengo la sospecha de que si le propusiera cambiar de ambiente y acostarnos juntos, como sería natural, todo se rompería.

En cambio, de esta manera, aunque sea con los dedos, yo puedo penetrarla por todos los agujeros con cualquier pretexto tonto. Quisiera mandarles una foto ilustrativa, pero eso no podrá ser, como comprenderán. Si deciden publicar este relato, ponga algo a propósito.

JOSÉ - ALBACETE

 

 

 


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