Hombre-Mujer

Me llamo Enrique, soy un soltero de treinta años y dirijo una sociedad desde hace tiempo.

Lo que me dispongo a contaros es posible que asombre a muchos de los lectores y lectoras de esa maravillosa web «milRelatoseroticos.com». Cuando todo lo que cuento es fruto de la realidad más incuestionable. Unas inclinaciones mías, que por raras que parezcan me permiten gozar sexualmente.

En mis frecuentes viajes de negocios aprovecho para dar rienda suelta a mis fantasías, ya que me resulta imposible hacerlo en mi vida normal. Las gentes que me rodean suponen que soy un hombre serio, respetuoso de las normas morales, conservador y con unos códigos sociales muy estrictos.

Sin embargo, cuando se me presenta la ocasión de viajar, me llevo una buena provisión de tangas y bragas femeninas, porque mi fantasía preferida es verme vestido con esas prendas que se ponen las chicas debajo de los vaqueros muy ajustados. La sensación que se produce en mi polla es divina. Porque noto que estoy en posesión de una doble condición de hombre-mujer.

Dentro de las bragas hasta me meto una compresa, igual que hacen ellas cuando tienen la regla. Por la noche, también me coloco una especie de manta absorbente en la cama. Cada uno de estos detalles va acompañado de un verdadero ritual, debido a que puedo gozar tan pocas veces de este «transformismo», que me gusta recrearme en los preparativos.

Una vez así dispuesto empieza el espectáculo. Salgo a beber y abuso de los líquidos —agua mineral o cerveza.

Una noche llegué a tomar tres botellas de agua de las de litro y medio cada una, y os podéis imaginar el numerito que siguió.  Cada cuarto de hora me orinaba en la compresa.

Inútil deciros que volví al hotel empapado. A la mañana siguiente, me desperté totalmente mojado, debido a que la manta no había podido absorber tanto líquido. Más adelante he remediado este problema poniendo en la cama tres mantitas del mismo tipo; pero, así y todo, como la noche precedente: haya bebido tanto...

La sensación de estar mojado de orina quizá se la deba a que, siendo un niño, quedé al cuidado de mi tía Petra. Cada vez que me meaba en la cama o en las ropas que llevaba puestas durante el día, ella me cambiaba muy cariñosa. Evitando que mis padres me castigaran. Con el paso del tiempo, estuve a punto de hacer el amor con tía Petra. Yo la adoraba y sabía que estaba dispuesta a proporcionarme tan inmenso placer. Sin embargo, falleció en un accidente de tráfico. Nunca la he podido olvidar.

La semana pasada, durante un viaje, encontré a una prostituta que me acarició en medio de mi compresa —cosa que me gusta muchísimo—, para en seguida dedicarme una felación. Entonces me asaltó mi propia crisis de incontinencia y me mojé de pies y cabeza. Tuve que cambiarme por completo.

A la prostituta no le extrañó mi comportamiento. Me dijo que había conocido a varios hombres que tenían mis mismas aficiones. Sus palabras me animaron muchísimo. De verdad, agradezco todos estos apoyos morales, en base a que me siento solo en infinidad de ocasiones.

Hace unos días pasé una noche memorable en compañía de una chica de un club privado. Le estaba explicando mi caso y, luego, le pedí que se ocupara de mí. Me hizo bajar el pantalón estando en el fondo del local; mientras, llamaba a sus amigas una después de otra. Queriendo avergonzarme.

Puedo juraros que yo no me avergoncé lo más mínimo; al contrario, aquello me divirtió mucho. Nos bebimos otra botella de champaña. Y una de las chicas me dijo todo lo que se suele soltar a un niño cochino:

—Tienes que ser más limpio a tu edad, Enrique. ¡Te voy a poner en orinal hasta que aprendas a aguantarlo...! ¡Ya te he dicho que no debes hacértelo encima! ¡Te mereces una azotaina en el culo por guarro! ¡Si estás mojado...!

Y esta manera continuó con la misma cantinela. Pero nada de eso me humillaba. Logré incluso empapar a su compañera de la derecha; luego, ellas examinaron todas mis compresas y las compararon con las de los bebés.

Me hicieron feliz al reconocer que mis compresas y mis bragas eran las últimas que se han puesto en el mercado. En efecto, recibo los mejores catálogos de lencería fina y de lo otro. Esto me permite cambiar de equipo con frecuencia.

En el hotel, cuando me suben el desayuno, tengo cuidado para que no se dé cuenta la camarera de lo mojado que acostumbro a estar. Creo que existe una especie de pañales para adultos mucho mejor que las compresas femeninas.

¡Cómo me gustaría ir a pagar mi caja de pañales a una cajera mientras hago esperar a una larga fila de señoras y señores muy serios y dignos!

Creo que lo mejor que me ha sucedido en mi vida tuvo lugar hace unas pocas noches. Me había hospedado en un hotel de carretera, luego de un día tremendo en el que me volví a pasar con la bebida, sobre todo con la cerveza. No sólo había empapado las compresas, sino que debí ponerme otras nuevas que siempre llevo en el coche.

Antes de irme a acostar, me dio tal apretón de vejiga que no pude correr al servicio. Me meé en la moqueta de la habitación. Entonces escuché que alguien estaba metiendo la llave en la puerta y, antes de que pudiera vestirme y disimular el charco de orina, entró una de las doncellas.

—¡Oh, perdone, señor! Creí que no había nadie. Es que faltan las toallas en el servicio...

Se quedó callada al comprobar mi situación. Pero, al momento, formó una sonrisa de complicidad y me dijo:

—Así que tú eres un niño meón que no se puede aguantar... ¿Es que nadie te ha contado que existen orinales y los retretes? ¡Pero qué malo puedes llegar a ser, guarrazo!

Acompañó su reprimenda verbal con un azotazo en el culo y un terrible empujón, que me hizo caer en la cama. Quedé boca abajo y con el culo al aire libre. Una oferta que ella no pudo resistir. Se quitó la zapatilla y se lio a golpearme con ella en los glúteos, de una forma regular y cada vez más dolorosa.

—¡No lo haré más, «mamá»! ¡Cómo tía Petra siempre me ha protegido de ti y de papá...! — gimoteé, sin darme cuenta real de lo que decía al estar dejándome arrastrar por mi subconsciente—. ¡Cómo hecho en falta a tía Petra... Ay, ay,! ¡Por favor, deja de golpearme con tanta dureza!

—¡Mírame bien, cerdito! ¡Yo no soy tu mamá, sino una mujer que va a hacerte comprender que sabe castigar y premiar!

Volví un poco la cabeza y contemplé a la doncella. Era muy hermosa, abundante de carnes y con unos labios gruesos, casi morunos. Todo un conjunto prensil, que se cerró alrededor de mi húmedo glande, para dar comienzo a una felación que me dejó sin aliento.

Lo de aquella mujer no era una simple mamada. Tenía algo de trabajo de artesanía. Porque deslizó su boca por toda la longitud de la polla, en un proceso de descenso y ascensión propio de unas ventosas. Sacó todos los restos de mi orina y me la puso más gruesa y dura que un rodillo de amasar.

Después, fue mordisqueado mis cojones, de uno en uno o los dos al mismo tiempo; mientras, me pellizcaba de una forma especial la cabeza de la verga. Y en el instante que me puse a jadear, bajo la presión de un esperma que hervía deseo de explosionar, ella se amorró al capullo y esperó mi lechada.

Se la tragó toda, con succiones tremendas de glotona. Si hasta no se privó de eructar de gusto, nada más secarme por completo toda la brillante alcachofa. Más tarde me confesó:

—Le hago lo mismo a mi hermano. A él le pasa lo que a ti... Oye, ¡pero si tú eres un tío fantástico! —exclamó, de repente, ya que acababa de fijarse que en mis tobillos no había un slip sino unas braguitas preciosas y los restos de las compresas empapadas—. ¿A qué vienen estas prendas femeninas? ¿Es que eres un travestí en potencia?

—No, sólo soy un ser humano al que le gusta, de vez en cuando, colocarse estas prendas para sentirse hombre-mujer.

—Me lo pones difícil. ¿Cómo se digiere lo tuyo?

—Los travestís se visten totalmente de mujer, se maquillan como tales y gustan de confundir a las demás personas —me expliqué por vez primera—. La mayoría no son homosexuales. Lo mío se limita a las compresas y a las bragas...

—También a no saber aguantar la meada —recalcó la doncella.

—Eso también les sucede a las mujeres.

—¿Quieres dejarme ver cómo estás con esas cosas? —me pidió.

Me exhibí ante aquella joven tan comprensiva. Calculo que estuvimos juntos unas tres horas a lo largo de toda la noche. ¡Jamás la olvidaré!

Enrique - Burgos


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