Lecciones para seducir

Tengo treinta y cuatro años y mi mujer treinta y dos. Hasta septiembre de 2022 estaba persuadido de que ella, Rosalía, era un mujer muy firme en sus principios. Por eso nunca se me había ocurrido proponerle alguna posición de las que sabía que ella encontraba degradantes. Para vencer la rutina de nuestra vida afectiva un día le propuse una fantasía que tenía muy a menudo: seducir a uno de sus alumnos, pero sin pasar los límites de un juego que no nos perjudicara a ninguno de los tres.

Como ella daba clases particulares a chicos universitarios. Extrañada, pero no demasiado sorprendida por mi idea, aceptó cuidándose de repetir, no obstante, que por nada del mundo quería perjudicar su reputación como profesora.

Nada más que iba a ser un juego, algo similar a un experimento pasajero. Ya que tomaríamos todas las medidas para que las cosas no trascendieran. Estuvimos varios días montando el asunto, con lo cual terminamos por calentarnos en exceso. Tengo que reconocer que nos sentíamos muy impacientes.

Con el fin de no llegar demasiado lejos, mi esposa eligió al más tímido de sus alumnos: Nicolás, un chico de dieciocho años. Convenimos que ella le daría la clase en el despacho, dejando abierta la puerta que comunica con el salón. Así yo podría contemplar todo el numerito.

El primer día se vistió con una falda plisada no demasiado corta y un jersey ajustado. Desechó los ligueros y los elementos de este tipo, que siempre he encontrado muy vulgares. Se mostró simpática con Nicolás, pero se contentó con cruzar y descruzar a menudo sus bonitas piernas.

Lleno de sonrojo, el muchacho lanzaba furtivas miradas a los muslos de mi mujer. Tras esta primera ocasión, le insté a ella a que fuera más entrañable y pusiera una mayor carga de sensualidad en la segunda lección. Después de hacerse rogar, me dijo que lo haría.

Se mostraba tan animada como yo en seducir al chaval. Los dos entendíamos el acto como un juego para nosotros y, al mismo tiempo, una lección para Nicolás. Así aprendería a comportarse con las mujeres.

Al día siguiente mi esposa llevaba la misma falda, pero lucía una camisa azul clarita, cuyos dos últimos botones dejó desabrochados. No se había puesto sujetador, jamás lo lleva en su vida normal. Al inclinarse sobre los libros dejaba ver claramente los dos globos lechosos de sus tetas. Tengo que advertir que en la playa siempre toma el sol con un traje de baño entero, con lo cual resulta muy excitante el contraste entre el tono bronceado de una parte de su cuerpo y la blancura de sus tetas y sus nalgas.

En aquella ocasión advertí que el muchacho estaba turbadísimo, en especial cuando mi mujer le explicaba un problema. Debido a que ella se inclinaba sobre su hombro derecho; también al sentarse frente a él, pues cruzaba en un plano excesivamente alto sus piernas.

Llegó un momento que la excitación de Nicolás se hizo tan patente, que yo tuve que masturbarme. Era como si me estuviera metiendo en su cerebro, para realizar lo que seguramente él haría en el momento que pudiera esconderse en el váter o se encontrara en su casa. De verdad, me lo pasaba de miedo.

Durante los meses siguientes, Rosalía acentuó su empresa de seducción: llevaba faldas muy cortas u otras que estaban provistas de una abertura en el costado; además, usaba camisas muy escotadas. Estas le servían para apoyarse suavemente sobre él. Una cuarta estrategia suya consistía en ponerse una mano en los muslos para explicarle mejor un teorema.

Ella me reveló que se había dado cuenta de que la polla de Nicolás no permanecía indiferente ante sus maniobras. Porque ya estaba entregada por completo al juego. Cada vez le excitaba más la situación que había empezado, un poco a regañadientes, sólo para darme gusto a mí. Sin embargo, el muchacho seguía bloqueado seguramente porque sabía que yo estaba en la otra habitación. Mientras, a mí me costaba mucho más permanecer tranquilo.

No me servía la masturbación, ya que necesitaba algo superior. Mi papel de mirón de un divertimiento tan largo había dejado de interesarme. Le faltaba la novedad del principio.

Entonces cambiamos de táctica: mi mujer le contó a Nicolás que yo había empezado a trabajar por las tardes, lo que suponía que no podía estar en casa a esas horas. En realidad me quedaba oculto en el salón, con todas las luces apagadas y la puerta abierta. Esto significó que el joven se sintiera mucho más cómodo a partir de entonces.

Ya fue él quien intentó mantener algún contacto con mi mujer. La visión de los cruces de piernas de Rosalía, unido a la idea de que podía engañarme con aquel muchacho, me llevaron a eyacular en la moqueta del salón, aunque no pasara nada en especial en el despacho. Y sin necesidad de masturbarme.

Pero, viendo el curso que tomaban los acontecimientos, mi esposa se sintió un poco inquieta. Consideró que había ido demasiado lejos. Al cabo de unos días, me pidió que volviese a aparecer en el salón.

Cuando esto sucedió, a los veinte minutos de haber estado con Nicolás, vino a sentarse junto a mí. Nos sentíamos tan excitados los dos, que follamos como no lo habíamos hecho desde que nos casamos. Antes ella se cuidó de dar «vacaciones al muchacho».

Creo que lo nuestro fue una respuesta bestial, de la que estuvo ajeno el pobre Nicolás. Le habíamos utilizado como fuente de inspiración o de recalentamiento. Lo que él nunca llegaría a saber...

Rosalía se arrodilló, sacó mi polla y comenzó a succionarmela con fruición. Yo cerré los ojos, mientras me sacaba la camisa. Su lengua se había afinado y su punta se deslizaba por la cabeza y el cuello de mi picha, haciéndome gemir de placer. Era algo para no creerlo en aquellos instantes; pero con el tiempo se iría perfeccionando más todavía. Cuando la atraje hacia mí y le saqué la blusa, sus tetas parecieron saltar sobre mi pecho.

Al comienzo fueron chupadas apresuradas por la sorpresa de esas tetas grandes, redondas y enhiestas, con unos pezones que me desafiaban a que me los tragara enteros. Pero, después, mantuve un duelo con ellos y mi lengua, como si fueran dos espadas. Los pezones se resistían carnales y elásticos.

De vez en cuando los rodeaba para sentir la humedad caliente de mi saliva o los mordía levemente. Rosalía gemía, no sé si de dolor o placer mientras se los cogía con ambas manos y me los pasaba por toda la cara. Ya le había bajado la falda y las bragas, pero no le había tocado el chocho, porque sabía que ella se desesperaba de impaciencia.

Ante la avalancha de sus tetas, fui bajando mi cabeza, besando su vientre, hasta que llegué a las suaves y pálidas matas de pelo. Alternativamente ella se acariciaba sus pezones y me revolvía la cabeza presionándomela hacia su coñito húmedo y abierto. La abrecé por el culo y puse mi lengua lo más dura posible. Con ella me fui abriendo camino entre sus pelos, hasta sentir el calor quemante de su raja.

La seguí explorando y su carne temblaba por dentro. Golpeé con mis labios los suyos y comencé a chuparla. Rosalía se había metido un dedo en su boca para ahogar los gritos, al tiempo que yo notaba que su jugo vulvar se mezclaba con mi saliva. Me limpié entre los pelos y acaricié con mis dientes su pequeño clítoris. Entonces ella se convulsionó. Me tiró del cabello hacia arriba y me gritó:

—¡Cariño, eres perfecto, amor!

A mí la sangre me golpeaba en la polla y creí que me iba a estallar, tan dura la tenía. La tiré en el estrecho sofá. Tenía el pantalón puesto. Mientras me lo terminaba de quitar, mi esposa comenzó a masturbarse con una maestría dactilar que yo no había visto en los años que llevábamos casados. Con el meñique y el anular por un lado, y el pulgar y el índice por el otro, se abría el coño hasta su máxima abertura, dejando al aire su carne encendida y el clítoris libre, al que acariciaba con su dedo mayor.

Pero los otros no se mantenían estáticos, teniendo abierta la vulva, sino que a su vez se movían con una habilidad extraordinaria, separando cada pliegue, juntándolos con más ritmo a medida que superaba la excitación del instante anterior. Me sopesé mi picha y con un rugido que no pude contener me abalancé sobre Rosalía, que abrió las piernas y retiró sus manos en el mismo movimiento.

Después sentí que me abrazaba como una tenaza, y con sus talones clavados prácticamente en mi culo me empujaba hacia dentro. Yo apenas había metido la mitad de mi «pedazo», y jugaba a sacármela. Ella se desesperaba y me pedía más y más, hasta que levantó sus muslos y los pasó sobre mis hombros. Su raja se hizo una herida enorme en la que casi metí hasta los cojones.

La hice gritar como si se ahogara. Tuve la sensación de que tocaba fondo porque sentí el límite y su gemido profundo, a la vez que me insultaba y me besaba. Seguimos moviéndonos, disfrutando del placer, hasta que yo deslicé mis dedos abriendo más su vulva y poniendo al contacto directo la carne viva de sus paredes con mi pelo púbico.

Empecé a moverme en forma casi circular y sentí que una cantidad inusitada de su jugo me mojaba. Fue muy especial el placer de aquellos momentos; mientras ella se estiraba y se retorcía, me clavaba sus uñas y gritaba frases incoherentes que no lograba entender por mi propio frenesí.

Al notar que disminuía la intensidad de ese primer orgasmo, con la funda del sofá la sequé un poco, tratando de no lastimar una zona tan sensible. Mi esposa disfrutaba silenciosamente. Al morderle la nuca, se tiró sobre el sofá. Boca abajo como estaba, estiró sus piernas atrapándome el nabo en su interior y comenzó a restregarse contra la funda.

Yo estaba a punto de estallar. Con un movimiento, brusco y preciso se dio la vuelta y, aún no sé cómo, quedé debajo de ella y me montó. Cabalgó con mi polla metida, a la par que se acariciaba las tetas, por unos segundos, hasta que dijo:

—¡Vamos, vuélcame toda! ¡No me hagas esperar más, que no aguanto...!

Se colocó al borde del sofá, con sus piernas colgando. Yo me bajé y se la metí, moviéndome de acuerdo a sus deseos. Rosalía ya no gemía, sino que rugía y se ahogaba en su propia voz, o en su propia saliva o por falta de aire, pues había cogido un almohadón y lo abrazaba frenéticamente.

En el instante que se la alejaba del rostro, su grito ahogado llenaba el comedor y se escuchaba desde el pasillo. Pero Nicolás ya no estaba allí.

Yo seguí clavándola, hasta que sentí que un incendio acuoso se deslizaba por su chumino, su carne se agrandó y me abrazó más. Le había cogido los glúteos con ambas manos y hundí mis dedos en ellos cuando estallé. Sentí que la leche me fluía interminable por el caño y regaba todo su interior. Mi esposa, tiesa y conteniendo la respiración, me recibió también estallando. Un grito poderoso lanzamos los dos, cuando tuvimos la certeza de los últimos instantes.

Extenuado, caí sobre ella, con mi ariete dentro como un guerrero vencedor y vencido al mismo tiempo. Así nos adormecimos unos instantes, después que se había calmado nuestra respiración. Me despertó dulcemente al sentir la cálida respiración de Rosalía sobre mi polla. Esta aún goteaba y no estaba del todo dormido.

Durante unos cuantos meses más mi mujer siguió jugando con el muchacho. Hasta que una tarde, ya al final del curso, decidió recibirle llevando una bata, debajo de la cual vestía un camisón cortísimo.

Por primera vez se arriesgó a no llevar bragas en su presencia.

Y con sus exagerados movimientos le dejó ver, como si no se diera cuenta, el coño húmedo de excitación. Nicolás se precipitó a acariciarla, y ella le dejó hacer complaciente. Pero le contuvo en el momento que la mano juvenil se aproximó demasiado a la pelambrera vaginal.

Entonces se cruzó la bata, y ocultó la diestra agresora que ya se posaba sobre su muslo izquierdo. A la media hora de tales manipulaciones, me vi eyaculando... Encima de la toalla que por precaución había colocado en la moqueta.

Esto sí que me calentó, en base a que el muchacho se había arriesgado a poner toda la carne en el asador. Los dos se estaban besando, pero no pasaron de la mutua masturbación y de unos breves magreos. Creo que a él le pareció que había conquistado todo un mundo.

Otro día, mi esposa citó a Nicolás. Pero, a los pocos minutos, le dijo que ella debía ausentarse para ir a la ducha. Por supuesto que dejó abierta la puerta del cuarto de baño. Y, ante el ruido del agua, él no pudo evitar la tentación de levantarse a ir a mirar el cuerpo desnudo de Rosalía.

Admiró el espectáculo de los chorros de agua cayendo sobre las nalgas, y las tetas tan bonitas. La capacidad para el exhibicionismo de mi esposa me maravilló. Tuve la impresión de estar contemplando una película; pero me preguntaba, con una cierta inquietud, si Rosalía se daba cuenta de lo que estaba haciendo y a dónde podía conducirnos a los tres aquello.

Comprendí que estábamos jugando con fuego. Nicolás era un hombre que ya tenía poco de tímido. Roto el hielo sexual, me pareció lógico que terminase exigiendo mucho más de lo que mi esposa le estaba dando. Cuando esto sucediera, ¿cuál sería nuestra reacción?

Al día siguiente, Rosalía se dejó acariciar en su chumino, sin oponer resistencia. Desde el salón pude verla desnuda bajo la bata, y como se echaba en el sofá del despacho, dejando que él se le colocara encima para acariciarla. Sólo le prohibió que utilizase la polla, a no ser que fuera a masturbarse.

En cuanto a mí, debí realizar grandes esfuerzos para vencer los deseos de reunirme con ellos. Y como me desahogué con mi verga, la dejé tan dolorida que me estuvo molestando durante los dos días siguientes.

Realmente llegamos más lejos de lo que habíamos supuesto. Porque Nicolás se masturbó, como mi esposa le había indicado. Moviendo la mano rápidamente encima del cuerpo de su profesora y jadeando ostensiblemente. Llegado al momento de mayor calentura, comenzó a decir:

—¡Todo un curso para esto...! ¡Señora, ha sido usted muy perversa., si supiera la cantidad de pajas que me he hecho a su salud...! ¡Yo la amo... Más que a nadie en este mundo...!

Debió ser una reacción maternal, o algo parecido. El caso es que Rosalía ayudó al muchacho a que se echara en el sofá, boca arriba, le retiró la mano para que dejara de masturbarse y se sentó o se colocó a horcajadas sobre la polla. Llevándosela al coño encharcadísimo. Yo le había prohibido que llegase a la follada... ¿Tenía derecho a aparecer para evitarlo?

Preferí seguir con lo mío; mientras, el muchacho gozaba del sueño que nosotros le habíamos alimentado a lo largo de muchos meses. Y cuando se corrió, tuve la impresión de que se iba a romper. Descargó toda su leche en un riego continuo, larguísimo en su duración y abundante.

—¡Chico, vaya si lo necesitabas...! ¡Mmmm.... Y yo también...! —exclamó mi esposa, colmadita de felicidad y abandonándose a un orgasmo poderosísimo.

Por fortuna estábamos en los finales del curso. Nicolás supo mantener el secreto, con la promesa de que volvería a follar con su maestra. Lo hizo dos veces más. La última aparecí en casa, Rosalía le escondió en el armario y lo tuvo allí más de tres horas. El muchacho lo debió pasar tan mal que ya no volvió. Tampoco perdimos un cliente, debido a que sus nuevos estudios exigían otra enseñanza de la que había venido recibiendo.

En la actualidad tengo en la cabeza otra fantasía, un poco más complicada que la anterior. Me gustaría que Rosalía follase con el cartero, con uno de los repartidores de butano o con cualquiera de los hombres que llaman a nuestra puerta a lo largo de la semana. Ya os escribiré sobre esta nueva experiencia, si es que nos atrevemos a disfrutarla.

LUCAS - BADAJOZ


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