Mi mujer manda

Mi esposa, queridos lectores, es hermosísima. Tiene 27 años, y una gran experiencia sexual. Alta, con preciosas piernas, pechos grandes con anchas aureolas y pezones puntiagudos, culo hermoso, todo lo que, en fin cualquier hombre desea y valora en una mujer.

El problema es que necesitamos vivir experiencias nuevas con gente competente y abierta. Por eso, deseamos conocer toda clase de personas de cualquier edad que degusten de sexo sin ningún tipo de tabú. Nosotros, mantenemos una relación de ama o reina, a esclavo o súbdito, pues en el sexo, es claro que el hombre es inferior a la mujer.

Todo empezó cuando mi esposa me descubrió una noche haciéndome una paja en el cuarto de baño, cuando yo creí que ya se había dormido.

—¡Cabrón! —me dijo enfurecida— ¡Con que meneándotela sólo mientras yo me muero por falta de macho, ¿no?!

La situación era violentísima para mí. Ella había aparecido en la puerta precisamente cuando me faltaba muy poco para correrme, llevaba un corto picardías que yo le había regalado hacía mucho tiempo, y bajo el que se trasparentaban sus enormes mamas apretadas bajo el fino encaje, y el triángulo de sus bragas blancas, unas bragas que, por detrás, se reducían a un simple cordón que se metían por entre las cachas del culo.

— ¡Por lo visto siguió diciendo— ya no te hago falta para darte placer! ¡Eres un maricón, eso es lo que eres! ¡Seguro que guardas por ahí revistas para calentarte tú solo cuando ya me he dormido, ¿no es eso?!

—No... no...

—¡Enséñamelas ahora mismo! ¡Enséñamelas o no me tocarás ni un pelo nunca más, pedazo de cabrón!

Salí delante de ella, con la polla aún muy tiesa, pues la situación de dominio en que mi mujer se había colocado, me excitaba en el fondo. De un mueble, saqué un par de revistas. Una era porno y la otra una publicación gay.

Ella las cogió con los ojos muy abiertos, y se dirigió al dormitorio haciéndome una seña para que la siguiera y otra para que me sentara en el borde de la cama, mientras ella se colocaba en el centro, con una pierna levantada para sostener las revistas y enseñándome así sus diminutas bragas, que llevaba metidas por entre los labios de su peludo coño.

Yo seguía empalmado, y la polla me latía fuertemente en la necesidad de ser descargada de la leche que se acumulaba en mis huevos.

—¡Vaya, vaya! —exclamó ojeando las revistas— ¡Esto es lo que te pone caliente! ¡A ver...! ¡Oh, qué tío! ¡Esto si que es un macho! ¡Hummm, vaya polla que tiene éste! ¡Cómo disfrutaría con una así en mi chocho!

Y diciendo eso, se subió un poco el picardías trasparente, se apartó la braguita del coño con los dedos, y se puso a acariciarse el clítoris mientras pasaba despacio las hojas. Jadeaba y suspiraba cada vez que encontraba en ellas una polla en erección.

—¡Ahh, qué hombre más rico éste! ¡Cómo le chuparía esa enorme estaca que tiene! ¡Ooohhh, qué puta sería yo con un macho así entre mis piernas!

El espectáculo que me ofrecía mi mujer haciéndose una paja viendo revistas porno, sobre nuestra cama, con las piernas muy abiertas y los pezones erizados bajo el fino encaje, me calentó aún más, y casi sin darme cuenta me llevé la mano a la polla y comencé a pelármela despacio con los ojos fijos en ese dedo suyo que masajeaba la pepita de su coño. Pero cuando ella se dio cuenta...

—¡Ah, maricón, te la estas meneando! —exclamó enfurecida tirándome la revista a la polla— ¡Pues no verterás más tu leche sin mi permiso! ¡Bastante te la has meneado ya!

Se levantó, fue deprisa al armario y cogió una cinta para el pelo que allí guardaba. Me puso las manos a la espalda, y me las ató fuertemente.

—¡Sentado en mi cama, vas a verme revolearme de placer con estos hombres de tus revistas! ¡Pero no podrás correrte hasta que yo te lo permita!

Y siguió con su caliente masturbación, mirando las revistas, gimiendo y retorciéndose de gusto, mientras mi polla se ponía hinchada casi hasta el punto de estallar. Cuando el gusto se le fue haciendo más y más intenso, dejó las revistas y me puso un pie sobre la polla, luego me la pasó por los huevos, el vientre y el pecho.

Yo se lo besé, se lo lamí subiendo mi lengua por sus pantorrillas, sus rodillas, sus muslos y el pelo de su púbis, donde tropecé con sus dedos que no paraban de agitarse en su coño. Se corrió gritando de placer, contorsionándose. Y luego acercó su cabeza a mi pila, la lamió dulcemente, me la chupó golosa. Cuando me iba a correr paró.

—¡No, cabroncito mío, aún no! —dijo— ¡Quiero hacerte sufrir un poco! Bajó su lengua a mis huevos dejándome la polla palpitante de deseo y con la leche casi en la misma punta. Cuando notó que me había calmado un poco, volvió su lengua a mi capullo enrojecido, lo lamió y chupó hasta ponérmelo muy amoratado y haciendo que entrara y saliera de su boca como si de sus propio coño se tratara.

Me dejó de nuevo con la miel en los huevos, pues fue a morderme las tetillas haciéndome mucho más daño, con lo que la eyaculación se me volvió a retrasar. La operación se repitió más de cinco veces. Hasta que por fin...

—¡Pobre cabrito mío! ¿Quieres correrte ya, mariconcito?

—¡Si -Por favor...! —gemí yo.

—¡Y si te dejará así toda la noche...!

—¡No..., No...!

Me volvió a lamer y chupar la polla con parsimonia, introduciéndome un dedo en el ano y moviéndolo lentamente, hasta que arqueando el cuerpo y contrayendo las caderas le hice ver que eyaculaba, momento en que ella retiró su boca de mi polla haciendo que la eyaculación fuese lenta y el esperma se deslizase mansamente por mi polla hasta los huevos.

Desde entonces, ella es la que manda en nuestra sexualidad, imponiendo las normas y los días. Y los días son casi todos, y las normas son siempre favorables a sus orgasmos. Pero ya no necesito pelarmela en el cuarto de aseo, pues colma ella de esa forma todos mis deseos y apetencias sexuales.

AGAPITO - MURCIA


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