Orgías sexuales

De niña me gustaba mucho jugar al juego del médico y la enferma. Un primo mío hacía de médico y me tocaba por todas partes después de quitarme las bragas y desnudarme del todo. Era un juego erótico, pero entonces no sabía qué quería decir «erotismo» y me contentaba con experimentar un extraño hormigueo allí, entre las piernas, donde mi sexo desprovisto de vello, liso como un guante, se ofrecía a las caricias curiosas de Guillermo.

A los veinte años me casé con Juan Luis, muy enamorada de él. Conocí el primer orgasmo una semana antes de nuestra boda. Hace un mes, de pronto empecé a experimentar una especie de nostalgia por el juego de mi infancia, le pedí a mi marido que lo hiciéramos y gocé con ello muchísimo. Hasta que él una noche me preguntó qué haría se me tocase un médico de verdad delante de él.

—No me desagradaría —dije humedeciéndome la lengua con la punta de los labios.

—Te he preguntado si te gustaría —me dijo él— porque Adolfo se ha doctorado hace meses... Tiene veintinueve años y es simpático... Me parece que le conoces.

—¿Adolfo? Claro que le conozco, pero me parece muy tímido. ¿Qué especialidad ha hecho?

—Que yo sepa, medicina general. Podría valer. Y si le decimos que te visite así, amigablemente, seguro que dice que sí... El resto depende de ti. Creo que lograrás convencerle de que te toque ahí, aduciendo un motivo cualquiera durante un examen general. Tendremos que encontrar una excusa... ¿Qué enfermedad podrías tener?

—¡Oh, ninguna, querido! —contesté enseguida— le pediremos una revisión muy detenida con la excusa de que nuestro médico de cabecera no lo hace bien. Será suficiente con hacerle comprender que tú deseas que esté en muy buena salud y quieres que me revise con detalle. No creo que se dé cuenta de nada porque es un simplón.

Me sentí tan excitada con la idea que enseguida quise hacer el amor con Juan Luis y gocé como una loca apretándome contra él. Sintiéndole en mi vientre e imaginando la cara de Adolfo inclinada sobre mí.

Al día siguiente mi marido llamó al joven médico especificando que quería que me hiciera una revisión y que tenía plena confianza en él. Y enseguida me vino a ver. Naturalmente, me había preparado y durante la mañana me había dado crema para tener la piel muy suave y hacerle caer así en nuestro juego sexy.

Me había bañado y perfumado los senos que son grandes y siempre están tensos, incluso cuando estoy echada, el cuello, los muslos y dejé caer unas gotas en los vellos del pubis. Mientras me miraba en el espejo mi marido dijo desde la entrada:

—Perfecta —Y me mandó un beso. Después me puse una bata de encaje de mi boda, cuya transparencia era tal que me lacia parecer más desnuda que si no la tuviera puesta, y me senté a esperar al médico. Cuando entró me di cuenta de que se sentía a disgusto. Se dirigía al hablar más a mi marido que a mí, tratando de no mirarme mucho.

—Me parece que tu estado de salud es perfecto —sonrió— pero haces bien en que te reconozcan por lo menos cada seis meses. Hay enfermedades que se vencen rápidamente si las coges al principio y que si no, se hacen algo muy pesado de quitar. ¿Y tú no quieres que te reconozca?

—No —sonrió Juan Luis— He pasado todos los exámenes en el hospital hace un mes —pero no era verdad.

Tomamos unas copas antes de empezar, y luego preguntó Adolfo si me iba a examinar en el salón o en el dormitorio.

—El diván es muy cómodo aquí —murmuré con la voz más sexy que supe sacar de mi garganta—. A menudo hacemos el amor en él ¿verdad?.  Y es muy agradable... Amándonos aquí tiene más emoción, me hace el efecto de que le traiciono con otro.

El médico me sonrió tragando saliva y echando una rápida mirada a mi busto, que mientras hablaba estaba descubriendo.

—Está bien aquí —dijo al fin.

Me liberé de la bata quedándome de pie junto al diván. Eramos casi de la misma estatura y mientras abría la cartera del instrumental me rozó el seno con el rostro al inclinarse. Los pezones se endurecieron y él se dio cuenta.

—¿Me echo primero o me auscultas de pie?

—Échate —contestó.

—¿Boca arriba?

—No voy a auscultarte por la espalda. —Lo puedes hacer si me siento, ¿no?

Quería que mientras me ponía el estetoscopio pudiera verme el busto y se excitase más. Sentada me incliné hacia delante con las piernas ligeramente dobladas. Adolfo empezó a tocarme la espalda. Sus dedos eran suaves... Apoyó un oído en mi piel y me pidió que respirara hondo y dijese «treinta y tres». Lo hice lo mejor posible. Me tocó luego los riñones, las caderas y tuve la impresión de que no estaba completamente frío mientras lo hacía.

Después me echó hacia atrás y apoyó el rostro entre mis senos. Esta vez no necesitó el instrumento para escuchar los bronquios y los pulmones. Luego le tocó el turno al corazón, y su mejilla se hundió en mi mama izquierda.

—Corazón y pulmones perfectos, y los riñones también —dijo al fin incorporándose. Después me palpó el hígado y me empezó a apretar el vientre.

—¿Ningún problema con los ovarios? — me preguntó con aire profesional pero me daba cuenta de que estaba temblando lo mismo que yo.

—No, nada —respondí— pero ahí abajo- Tengo la impresión de que tengo hinchados los labios internos. ¿Quieres mirarmelo por favor?

Abrí las piernas doblando un poco las rodillas. Se inclinó a mirar y su respiración acariciaba cálidamente mis partes más sensibles. Cuando sus dedos empezaron a rozar mi hendidura pasando por el clítoris, un pequeño gemido se escapó de mis labios.

—¿Te he hecho daño? —preguntó y me di cuenta de que había comprendido el juego y lo seguía.

—Ahí... ahí no —murmuré en un soplo.

Entonces me tocó los labios, que realmente estaban hinchados por el deseo, y continuó acariciándolos.

—Sí, quizá están un poco hinchados... Juan Luis, tendrás que hacer menos el amor en estos días; si no, le harás daño. Trata de masajearlos un poco así, suavemente.

Y en este momento tuve un orgasmo. No sé qué me pasó. Sujeté al médico por los hombros y le empujé hacia abajo mientras mi cuerpo saltaba y un sonido se escapaba de mis labios.

Más tarde, con Adolfo sentado a mi lado, sentí vergüenza, pero fue sólo un momento porque me di cuenta de que aquellos estaban a gusto y extremadamente excitados a a vez.

—Perdona —le dije— queríamos jugar y... ¿Lo has comprendido?

—Naturalmente, pero no habrá acabado el juego ya ¿verdad?

Hice una señal de que no con la cabeza y, bajo los ojos vigilantes de mi marido, le desabroché los pantalones y me incliné sobre su asta. Mi boca empezó a acariciarlo con amor.

IRATXE - VIZCAYA


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