Sauna Mixta

Yo creo que en milRelatoseroticos no se habla demasiado de la saunas, de los recursos eróticos y sexuales que ofrecen y del inmenso placer que proporcionan. Porque no sólo te brindan una realidad física, tangible, sino que te permiten ver a muchas otras personas, relacionarte estando desnuda y aprender cosas que ni siquiera habías sido capaz de imaginar.

Y quien ésto afirma es una mujer educada en un ambiente tradicional, de severas costumbres y portal cerrado a las diez. Algo que mandé a paseo en el momento que el trabajo me permitió mantener una autonomía social.

La mayoría de las saunas son para homosexuales varones, pero también las hay mixtas. Esto sucede en un establecimiento de cierta ciudad, no la mía, al que acudí sola un jueves. Este día era mixto. Ya había estado allí con un amigo, la dueña me conocía y, en cierta ocasión, me ofreció la posibilidad de trabajar para ella. No me interesó su oferta.

Me entusiasmé por las saunas luego de disfrutar de la aventura que me dispongo a contaros. No iba a la sauna más de veinte veces por año en mis viajes a esa ciudad por cuestiones de trabajo y también porque viven allí unos tíos míos. Nunca había coincidido en ese día de la semana. A mí no me importa relacionarme con un sexo u otro.

Lo verdaderamente esencial es que mi compañero sea activo en el sexo. De mi misma condición o de la opuesta, ¡qué más da!. En igualdad de condiciones prefiero a los hombres; pero, desde luego, soy mucho más partidaria de una mujer bien motivada que de un hombre que se comporte como un mueble.

He tenido muchas experiencias carnales y os escribo con conocimiento de causa. Por mucho que me guste un tío, si luego resulta un eyaculador precoz o un inexperto, el cabreo que me llevo es de marca mayor. Mientras que con la mujer es casi imposible que te salga rana. Todas sabemos lo que queremos y conocemos la mejor manera de conseguirlo.

Aquel día llegué a la sauna pensando en encontrar solamente hombres, y tuve la agradable sorpresa de ver que había varias mujeres por allí. Desde luego todas compañeras. Yo era la excepción, aunque la jefa no me dejaba ni un momento sola. No es que me creyera que iba a poder hacer una conquista, pero sí que me gustó la novedad, porque la presencia femenina daba un clima nuevo al lugar.

He estado allí en las fechas que sólo es para hombres. Mi amigo y yo disponíamos de una cabina particular y en nada obstaculizábamos las actividades de los demás. Y si entraba sola, pasaba por ser una de las masajistas. Conozco las técnicas de este oficio y sé esquivar a esos tipos que te quieren follar a toda costa, pero sin disgustarlos en exceso. Siempre me entrego únicamente al que me gusta.

En aquellas horas, por todas partes circulaban mujeres y los hombres desnudos, y yo les seguía de cerca, ya fuese en los baños californianos, en las duchas o en los baños de vapor. De pronto, observé cómo una pareja se ponía en dirección a las cabinas. Allí había unas veinte cerradas por una cortina de tela.

Todas prometiendo mil placeres, de esos que me encienden la imaginación y me dejan en condiciones para follar como una descosida. Sin embargo, no acostumbro a precipitarme. Prefiero que los amantes vengan a mí. Ver antes cómo se comportan y saber lo que voy a obtener de ellos. Es la mejor manera de evitarme un gran chasco.

En las saunas suele haber un público muy bueno y yo, desde luego, no me considero de las menos mironas. Así que me dirigí a las cabinas para echar un vistazo a aquella pareja. No tuve que buscar mucho tiempo, porque otros los habían encontrado antes que yo: tres muchachos desnudos que se masturbaban unos a otros mientras miraban por la entreabierta puerta de tela.

Los chicos no tenían aspecto de homosexuales. Eran guapos a rabiar, estaban bastante bien dotados y le daban a sus «zambombas» de una forma rítmica y pausada. Por momentos me pareció que estaban acostumbrados a hacerse pajas mientras se dedicaban a mirar a los demás.

Me acerqué. La pareja estaba allí en plena forma, de tal manera que, como los muchachos, me separé el albornoz dispuesta a masturbarme el clítoris y los pezones. Sobre una manta de cuero permanecía echada la mujer sobre el hombre, dispuestos para el «69». Ella con las nalgas dirigidas hacia nosotros y con la cabeza de él debajo de su cuerpo, evidentemente en el chumino.

Todo un espectáculo de cabaret porno. Pero más efectivo a la hora de contemplarlo, debido a que no estaba ensayado. Aquellas bocas se lanzaban sobre los genitales en función de unos deseos naturales, cada vez más encendidos. Se agitaban con la excitación propia del deseo sexual, y los lametones de uno servían para que el otro intentase devolverlos con mayor intensidad.

Colocada como estaba los veía muy bien. El hombre seguía chupando el coño de su compañera y nos miraba de vez en cuando. En cuanto a la mujer, por los movimientos de su cabeza —sólo la veíamos la nuca— se podía comprobar que estaba volcada en una activa felación.

Me asombró la forma como mamaba. No se tragaba la polla del todo. Prefería recoger el glande o la cabeza del mismo, para contar con la posibilidad de chupetearla y pasarla la lengua. Además, sus manos rascaban el escroto y se introducían, en acciones simultáneas, en el agujero del ano. De verdad, me puse cachondísima y envidié su habilidad y la posición que ocupaba. La boca se me llenó de una saliva espesa y caliente.

Me acerqué lo más posible a la cabeza del hombre. Durante un momento él miró atentamente hacia mi coño, dudó en aprovecharse de mi desnudez; pero, después, siguió chupando el de su compañera. Su lengua iba y venía; mientras, sus manos acariciaban las nalgas y el ano ofrecido de la mujer, cuyas piernas permanecían completamente dobladas.

Yo estaba segura de que ya ignoraban por completo mi presencia detrás de ellos; sin embargo, de pronto, la mujer levantó una mano para acariciar mi pubis y llegó a introducir dos dedos más allá de los labios mayores. Sólo un instante; luego, él empujó un poco su vientre, para que ella se pusiera un poco más alta.

Se acabó el furtivo contacto. Los dos habían querido gozarme; no obstante, al final, se conformaron con lo que tenían a su alcance. Supuse que contábamos con mucho tiempo, y algo me tocaría de aquel placer que se hallaba delante. Seguro que no serían unas migajas.

Durante un instante la cabeza de la muchacha no cambió de ritmo en la felación. No trató de mirar detrás de ella, aunque era evidente que sabía que yo estaba allí. Hasta que él me cogió por las caderas y me puso en contacto con su polla. Hizo que resbalara por mis glúteos, pareció que quería aposentarse en mi ano y, luego, se aproximó a mi vulva en una lenta caricia.

Poco más tarde, separando los labios mayores con una mano, con la otra me la introdujo hasta el fondo. No nos conocíamos de nada. Había bastado solamente la presencia de nuestros cuerpos desnudos y la visión de unas manos y unas bocas que acariciaban... ¿Cómo describir el placer que experimenté en aquellas circunstancias?

Ya tenía lo que había estado buscando. Y la picha me colmaba totalmente, briosa y con unos «lanzazos» que me dejaban sin aliento. Me hallaba en esa parcela del Edén donde la lujuria se convertía en una necesidad.

Mientras, detrás de mí, los mirones no cesaban de masturbarse. En ocasiones me sentía salpicada de esperma. Debajo de mi cuerpo notaba la mano de la mujer que me acariciaba, y delante aquel hombre que gozaba revelándome con la picha toda su intimidad.

Durante un buen rato mantuvimos un vaivén muy lento, porque me daba miedo gozar demasiado deprisa. Felizmente pude dominarme lo suficiente como para ajustarme al comportamiento del hombre, y alcancé dos orgasmos mucho antes de que él eyaculase.

Acto seguido los tres nos revolcamos sobre la manta de cuero, queriendo multiplicar el placer que acabábamos de proporcionarnos. Lo conseguimos con relativa facilidad. Estábamos lanzadísimos.

Esto no nos impidió tendernos para conocernos mejor; mientras, nos acariciábamos. Y así me explicaron que aquel día estaban jugando al placer de la sumisión, en el que ella tenía que someterse al hecho de que él follase con la mujer que se le ocurriera. A ella no le quedaba el recurso de moverse, ni siquiera para volverse. Sin embargo, sus nalgas a la puerta de la cabina suponían toda una provocación para cualquiera que se presentara con una polla dispuesta a follar.

Lo que sucedió con uno de los muchachos que se habían estado masturbando en la cabina próxima. Demostró que no tenía nada de homosexual, aunque se la clavó en el ano con unas tremendas embestidas. No abandonó la faena hasta que se corrió abundantemente.

En seguida la pareja y yo nos hicimos muy amigos. Por la noche continuamos en su casa con el juego de la sumisión. En esta ocasión me tocó hacer de esclava. Ordenaron que me desnudase mientras ellos permanecían vestidos.

Luego, les serví la cena. Y cuando estaban alimentándose, tuve que meterme debajo de la mesa para hacerles una mamada a cada uno. Y él gozó en mi boca. En cuanto a ella, después de asegurar que le había ofendido por chupar primero a su marido, me dio una soberana paliza en el trasero con una vara de mimbre. De la que guardo un recuerdo maravilloso.

Pero he olvidado intencionadamente seguir escribiendo sobre Adela, la dueña de la sauna. Porque con ella suelo realizar cosas extraordinarias. Algo como lo que sigue...

Fue una tarde en la sauna, y la cosa sucedió en una cabina especial. Exploramos mutuamente nuestros desnudos cuerpos temblando de emoción. Por entonces, ella era más decidida que yo. Unió su boca a la mía en un beso largo y apasionado, en el que su lengua se paseaba entre mis dientes, mi propia lengua y mi paladar.

Sus manos aprisionaron mis pezones; mientras las mías también acariciaban sus tetas grandes y hermosas —que desde entonces me enloquecen cada vez que las toco—. Resultó una sensación sofocante, increíblemente satisfactoria. No quise quedarme atrás en audacia y fui yo la primera en llegar a su coño con mi lengua.

Ella abrió con los dedos toda su rajita y permitió que fuese lamiendo y chupando lentamente hasta que introduje casi toda la lengua en su coño. A continuación lo hizo la jefa de la sauna, y me estremecí de gusto. Todavía no nos habíamos corrido.

Queríamos alargar la situación y volvimos a chuparnos las tetas y a masturbarnos los chochazos una a la otra. Entonces sí, entonces nos convertimos en unas salvajes. Me dio la vuelta, con el culo bien alzado y abierto, y me relamió todo el ojete. Me estaba corriendo y grité, a la vez que era ella quien me ofrecía su estrecho ano y yo se lo chupeteaba golosamente, devolviéndola todo el placer que me había regalado.

Desde aquel momento nuestro destino estaba trazado. Porque Adela con sus labios se desliza por mis piernas, dándome una sensación única. Tiernamente me besa en la vulva y el clítoris, después va subiendo sin dejar de besarme y acariciarme suavemente hasta refugiarse en mis tetas, manteniendo su mano en mi coño. Así nos dormimos o hablamos un poco. Siempre inútiles palabras, ya que únicamente deseamos recuperar energías.

Me siento tan feliz en contacto con un cuerpo tan limpio y sensual como el mío, que una cierta sensación de pringosidad nos permite notarnos como si hubiéramos orgasmeando por todos nuestros poros.

A veces, como sus tetas, son grandes y firmes, hundo mi rostro en ellas, en el mismo momento que le meto un dedo en el culo. Es tanto placer, que ella lanza un apretado chillido y me muerde el lóbulo de la oreja. También me araña con furia. Me levanto del banco de la cabina, sin dejar de balancearme, y la obligo a tumbarse.

Giro y dejo que mi coño quede a la altura de su boca. Por mi parte comienzo a chuparle el suyo, y le meto la lengua, jugando en su interior. Ella se divierte también con mi vulva y tiene la sensación de que hasta miel me va a salir por ahí.

Cuando levanto mi cara de su chumino, es tanta la corrida que mis labios chorrean el penetrante flujo derramado. Me limpio como puedo con las toallas y nos ponemos de rodillas. Entonces ella comienza a acariciarme el pubis con dos tetas épicas. Entre chillidos de placer me grita:

—¡Hazme gozar, cielo mío! ¡Ábrete más, Maite! ¡Date la vuelta que voy a premiarte con mil goces!

Yo estoy mojada con sus flujos. Me agarro a su clítoris y con la boca le humedezco el orificio anal; después, le meto de nuevo por delante para humedecerselo todavía más. Recorro el camino hacia arriba y realizo el primer intento de comerle las tetas. Ella abre más las piernas para tener mayor facilidad, pero es inútil.

Mi lengua resulta ideal para su gran culo, lo mismo que para sus pezones. Su esfínter lo aguantará. Le introduzco dos dedos, empujando lentamente.

La jefa de la sauna empieza a gritar:

—¡Cómo sabes lo que deseo, Maite!

Yo pienso que, efectivamente, le hago gozar, porque también me excito a medida que empujo. Siento cómo se abre su carne. Ella se ha cogido de los bordes del banco. Y no me detengo hasta proporcionarla un orgasmo.

Ya veis las cosas que se pueden encontrar en las saunas. Por supuesto, no siempre se tiene tanta suerte...

MAITE - TERUEL

 


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