Como un asta de Toro

Era la primera vez que pisaba la ciudad de Nueva York. La empresa para la que trabajo me había enviado a seguir un curso intensivo, que me permitiría ocupar un puesto de ejecutivo en el departamento de ventas. Todo funcionó de maravilla durante los primeros días. Y me encontraba tan enfrascado en la tarea que ni remotamente se me pasó por la cabeza pensar en el sexo.

Dispongo de lo que quiero en España, estoy casado con una mujer que no conoce los celos. Pues los dos nos vamos con quien más nos gusta. Sólo tenemos la costumbre de dejarnos unas notas, mediante las cuales nos indicamos el tiempo que estaremos ausentes, los asuntos que han quedado pendientes en la casa, y un número de teléfono del lugar donde podemos ser localizados en el caso de que ocurriese algo importante que exigiera nuestra presencia inmediata.

Debra y Jean eran mis monitoras en el curso de informática avanzada. Se cuidaron de enseñarme la nueva tecnología, el código de trabajo y todo lo demás. Pero, alrededor del cuarto día de «clase», me di cuenta que ambas se reían y señalaban el bulto de mi bragueta.

En base a que a mí me gusta ir por derecho y no me da corte meter la pata, les pregunté en inglés:

—¿Os extraña que se me ponga la picha gorda mientras trabajo? ¿Acaso pensáis que un español como yo va a ser de piedra teniendo a dos mujeres como vosotras tan cerca?

Si he de seros sincero, lo del empalmamiento había sido algo totalmente casual. A todos los machos nos sucede eso, inesperadamente, si nos hallamos cerca de una fuente de calor, ya sea el que produce el sol o una simple calefacción. Las norteamericanas —por cierto, Debra era un negra de impresión que recordaba a Naomi Cambell; y la otra, una rubia de pelo largo y tetas en punta me dedicaron una sonrisa y me dijeron:

—Nos estábamos preguntando si los españoles tenéis la polla como las astas de un toro bravo. ¿Quieres enseñárnosla para que lo comprobemos?

Me bajé la cremallera y, sin necesidad de retirar el slip, mi herramienta encontró la salida por sí misma. Fue la primera vez que me daba cuenta que, en efecto, tenía alguna semejanza con un asta de toro: encorvada hacia arriba en la punta y lista para empitonarlas a las dos a la vez.

Ninguna de ellas permitió que me la guardase. Se arrodillaron en la moqueta del piso y comenzaron a lamérmela con un sincronismo que me pareció ensayado. Porque no se estorbaron en ningún momento, emplearon cada uno de los elementos de sus bocas al mismo tiempo, ya fuesen la lengua, los labios o los dientes. Lo mismo que se sirvieron de las succiones, los lametones, las mamadas y los sorbetones con idéntico compás.

Todo un trabajo fenomenal, al que correspondí queriendo follármelas allí. Lo hice a pesar de que Jean se mostró reacia, por miedo a que nos sorprendieran. Fue ella la primera que conoció el azote de mi carajo cuando es provocado de aquella manera. Le bajé las bragas con una mano, y la otra me sirvió para guiar la penetración por delante. Hice diana y la trabajé los bajos a conciencia.

Pero no me olvidé de la negrita. A la que acaricié con las dos manos, ya fuese en sus tetas o en su chochazo. Las norteamericanas se retorcían igual que si les estuviera aplicando electrodos cargados de tensión en cada zona atacada. Sin embargo, me llamó la atención el hecho de que no cesaran de reír y de mirar hacia un punto situado en lo alto y a mis espaldas. No me preocupé excesivamente de este foco de interés.

En el momento que iba a soltar la abundante lechada en el chocho de Jean, me salí y busqué el de la negra. Esta recibió toda la descarga, para que se formara una buena combinación de «café con leche». No fui injusto con la otra, pues le había permitido alcanzar dos o tres clímax.

Más tarde, mientras nos arreglábamos las ropas, me di la vuelta para comprobar el motivo de interés de las dos norteamericanas.

Me quedé de piedra. Allí había una cámara de televisión, con la que se mantenía vigilado el despacho —acaso para impedir el robo y controlar, al mismo tiempo, el comportamiento de los empleados—. Me eché a reír, cuando ellas creían que iba a ponerme colorado, y exclamé:

—¡Es la primera vez que me televisan una follada!

—Eres único, David —dijo la negrita—. Mi hermano se encuentra en el control de los monitores de vigilancia durante este horario. Seguro que no ha grabado lo que acaba de suceder aquí. Pero, de eso sí que estoy bien segura, se habrá hecho una paja. Como su trabajo le ha convertido en un «voyeur»...

Seguí jodiendo con las dos mujeres a lo largo de las tres semanas que permanecí en Nueva York. Eran unas amantes excepcionales, de las que no se conforman con que emplees la misma posición, el mismo escenario y parecidas palabras. Jodimos en lugares inverosímiles: en una cabina de teléfonos, pasando la gente por la calle; en el transbordador que lleva a la estatua de la Libertad; en el ascensor ultra rápido que nos subía al último piso del Empire State. Gocé de una temporada de esas que se archivan en el recuerdo para no olvidarla nunca.

Aquella tarde rodeé a Jean con un brazo, la miré fijamente a los ojos y la besé furiosamente en los labios. Ella estiró las piernas de una forma instintiva y me dejó hacer.

Mis dedos se movieron con seguridad, buscando una de las tetas y el coño. El deseo parecía haberse concentrado en el vientre femenino, que era mórbido y estaba todavía tenso. Abrí la cremallera de su pantaloncito, y tres de mis dedos se introdujeron en la raja. Ya la eché sobre el sofá, sorbiéndole una teta y titilándole el clítoris. Ella me permitió que la calentase durante un buen rato, hasta que se lanzo a por mi biberón de color rosado, erecto y prometedor.

Se lo metió entre los labios, y le dio varios lengüetazos; mientras, yo cerraba los ojos y comenzaba a jadear, como si me estuviera deshaciendo. Porque notaba que el embriagador círculo de la boca femenina estaba húmedo y templado, con lo que desencadenaba unas oleadas de un calor terrible.

Entonces, me decidí a enterrar mi cabeza entre sus piernas, y comencé a lamerle la humedecida piel vaginal; a la vez, introduje mi lengua profundamente. Las caderas de Jean empezaron a contornearse, su garganta gimió y sus muslos se abrieron todavía más. Al mismo tiempo, elevó la pelvis para facilitarme la penetración en mi fogoso cunnilingus.

Los dos compusimos un 69 insuperable, soberbio... ¡único! En el que yo alcancé las sedosas y tiernas ingles, y pude sentir el interior de los muslos espléndidos contra mi pecho. Y cuando me entregué a masajear el clítoris, las piernas de ella se cerraron, con lo que mantuvo mi cabeza aprisionada.

A Jean le enloquecía este placer. Me lo hizo notar con la presión de sus grandes labios, pues los descendió lentamente. Por eso yo me decidí a lamerlos como un osezno ante un panal cargado de miel.

En seguida advertí sus convulsiones: se arqueó al máximo, hasta alcanzar la explosión del orgasmo. También yo eyaculé dentro de su boca. Luego, nos separamos. Por fortuna me recuperé en seguida.

—¡Oh, eso es...! ¡Estoy tan caliente...! ¡Follame, David... Derríteme! ¡Esto resulta maravilloso!

A medida que la verga alcanzaba las honduras del túnel de las pasiones, de nuevo le obligué a sentirse flotando, presa de una emoción de gozo sexual, cada vez más intenso. Y yo, a caballo sobre su cuerpo, seguía cabalgando para alcanzar mi segunda eyaculación... Y ella, cazada de tan eficaz manera, en medio de la excitación, muy alta y desarrollada, obtuve unas cotas de excitación nunca imaginadas.

En el momento que caí sobre su cuerpo, le invadieron unos deseos indescriptibles: como un hormigueo de pequeñas descargas eléctricas, que le sacudieron como a una obsesa. Y pasamos varios minutos entregados a un pesado silencio. Al cabo de unos minutos, Jean tuve que romperlo sin poder aguantarse:

—¡Ay, cariño...! ¡Esto es sensacional... Fuera de todo lo que yo había supuesto...!

—Sí, ha sido muy bueno. Es que el horno se encontraba caliente, y el pan se ha cocido en su punto justo —bromeé, lamentando que faltase Debra.

De repente nos dimos cuenta de que no estábamos solos. ¡La negrita nos estaba mirando con una expresión de gata salida, envidiosa de los orgasmos de su compañera!

—Llevo un rato mirando y admirando. ¡Sois algo fuera de serie! Nada hay mejor para aprender que tener delante a unos buenos maestros. ¡Y vosotros lo sois..! ¡Ahora me toca a mí demostrar que he asimilado la lección...! Creo que voy a empezar por David. Si he de ser sincera, considero la polla cómo la más importante fuente de adoración. Por eso me gusta mirarla, acariciarla y besarla... ¿Hay algo más hermoso en el mundo que verla crecer?. Y cuando empieza a ponerse tiesa, nada puede ser tan adorable como poner mis manos en ella... ¡Necesito tocarla al conseguir la máxima erección!

Pero nosotros preferimos que se adaptara al juego. Yo me tumbé en el sofá, y con mi boca caliente le chupé uno de los pezones; a la vez, con la mano derecha le sobé el otro. Y ella se entregó a lengüetear en el chochito de Debra, realmente muy ardiente y húmedo. De esta manera la estuvimos trajinando por espacio de varios minutos.

Luego, mientras Jean seguía jugando con el clítoris de la negrita, a la que habíamos desnudado, esta última se cuidó de llevar a la práctica sus palabras. Y con su mamada consiguió que yo me sintiera como si mi picha estuviera renaciendo de sus cenizas, lo que significaba que mi vigor físico se fortalecía y que todo podía continuar. Quizá porque una mujer siempre encuentra la forma de devolver las energías sexuales a cualquier hombre.

Nada más llegar mi eyaculación, ella se tragó todos los jugos. Pero siguió chupando, cambiando la presión de sus labios y concentrándose tan solo en el glande; al mismo tiempo, sus dedos realizaban toda suerte de caminos en la piel mojada por la polla. Y mientras sucedía esto, Jean estaba obligándola a dar botes gracias al ataque de lengua sobre el coño que le dedicaba. Los jugos llenaban su paladar.

Sorprendido, pude comprobar que Debra actuaba con voracidad porque cumplía su misión por encima de todo: moviendo la boca a lo largo de mi polla, y mojandola al recorrerla con su lengua. Su rostro aparecía rojo de excitación, y con la respiración anunciaba que ya había sido atrapada en el torbellino de placer que nos desbordaba... ¡No había duda de que le hubiese gustado dormirse con mi picha en la boca!

— ¡Extraordinario, amiga mía! —reconoció Jean, sintiéndose súper cachonda—. ¿Ahora serías capaz de darme a mí el mismo trato?

Se separó de mí y a gatas fue en busca de la rubia. Ya la estaba esperando con los muslos abiertos. En este hueco se encajó para chupar, lamer, besar y morder la gruta empapada. A la vez, le metía dos dedos en el agujero del ano. Todos sus sentidos se hallaban incendiados, y comenzaron a moverlos: primero, despacio; y, luego, más aprisa y con mayor vigor; pero todavía no era suficiente.

-- ¡Aprieta con más fuerza! —gimió Jean en su delirio—. ¡Taládrame con tu lengua!

Incorporándose, Debra se dejó caer encima de la otra. Y la abrazó fuertemente. A la negrita le apareció que una mano gigantesca había descendido del cielo, para llevarla a otro mundo lleno de una espléndida felicidad, de una infinita locura por el orgasmo; mientras, intensos escalofríos le recorrían el cuerpo; hasta que, finalmente, saciada, cayó hacía atrás, admitiendo la victoria parcial de su compañera y amante.

Por unos momentos, creyó que estaba flotando en el vacío; pero, después, volvió a la realidad: ¡Debra y yo estábamos entregados a una fabulosa follada!

Habíamos llegado a un punto en el que nada podía ser bidimensional. Ya no éramos dos personas, o una pareja de amantes, sino tres voluntades que lo conocíamos todo en el terreno sexual, que necesitábamos compartir cada una de nuestras acciones. Por eso lo afrontamos de una manera despendolada.

Entonces, yo salté en busca de la vertical, y me coloqué de pies al lado del sofá. Luego, con la ayuda de Jean, arrastré el cuerpo de Debras hasta el encuentro con el mío. La erecta polla se introdujo en el coño vivísimo, que se le ofrecía abierto en toda su amplitud. Y cuando la negrita abrió la boca para lanzar un gemido, se encontró con la vulva de la rubia.

No dudó en lamerlo, dibujando con la lengua el entorno de la gruesa raja; luego, se introdujo en busca del clítoris, que tocó levemente, succionándolo al mismo tiempo que era follada.

Debra movió, deliberadamente, sus caderas, necesitando que la punta de mi carnoso ariete, que le estaba trabajando el chumino, se situara en la zona más sensible y placentera. Y en el momento que la dulce agresión se produjo, un ahogo de felicidad le inundó la garganta; los ojos se le cerraron, aletearon sus fosas nasales, y sus manos buscaron la cabeza de sus dos amantes, como si quisiera asegurarse que nuestras prestaciones sexuales no iban a interrumpirse.

—¡Eres una artista de la lengua, preciosa! —exclamó Jean, muy satisfecha de que se hubiera decidido a intervenir en la follada y cambiando su envidia hacia los orgasmos por una acción más efectiva y dinámica—. ¡Y lo haces muy despacio, sabiamente...! ¡Seguro que has adivinado que yo necesito más de veinte minutos de tratamiento! ¡Eres una maravillosa bisexual...

Gracias por haber dejado de ser una secaaaa...! ¡Te lo regalooo... Mi clítoris es tu mejor dulce!

La rubia estaba recibiendo en el coño todo el fuego que a ella le llegaba a través de mi polla, que le seguía penetrando a cortas y profundas clavadas: un émbolo que entraba y salía en el ajuste de las paredes vaginales, súper lubricadas y al rojo vivo.

Por este motivo, los tres jadeábamos, nos agitábamos y gozábamos de una excitación que demostrábamos con nuestras manos y con nuestros pies: un entramado de dedos que acariciaban, que pellizcaban, presionaban y eran incapaces de estarse quietos.

El sofá se volvió completamente loco con nuestros movimientos; y, al poco tiempo, nos alcanzó la ola del orgasmo; primero, Debra; luego, Jean; y, por último, yo. Seguidamente, nos quedamos tumbados en un momento, exhaustos; más tarde, volvimos a las andadas...

Sintiéndose borrachas de semen, ellas se lo jugaron en un envite a la grande, que se convirtió en un órdago al apresar con sus labios, alternativamente, mi capullo de un color granate, totalmente libre de piel, caliente, sabroso y súper lubricado. Empezaron a mamármelo, a lamerlo y a chuparlo con una intensidad y sin aceleraciones: maravillosamente. Sus dedos escarbaron debajo de mis cojones, los presionaron sin dañarlos y, en el acto, se pusieron a estimular el frenillo —justo debajo de la coma del glande—.

Las dos norteamericanas jamás se cansaban de joder. Y me proporcionaron un gran material para contar a mi esposa. Algo que nos ha servido para estimularnos en infinidad de ocasiones.

DAVID - VALENCIA


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