El chico de la silla de ruedas

Quisiera contaros una historia que ocurrió hace mucho tiempo. Tengo hoy día 38 años; y por entonces mi vida adquirió un ritmo diferente. Pero sé que queda todavía en mí algo de la chica sumisa que fui.

Me marché de casa de mis padres con 18 años y alquilé una habitación. La propietaria era una mujer de unos 40 años. Resultaba bastante severa e imponía a todos unos principios muy fijos. Por ejemplo, yo no tenía derecho a llevar chicos a mi habitación.

No obstante, aquella mujer estaba considerada como una «dama guapa». Claro que, además, poseía una mirada muy dura que me obligaba a bajar los ojos cuando se colocaba delante de mí.

En el momento que yo volvía por las noches (estaba estudiando Ciencias), me preguntaba qué era lo que había hecho, las personas con las que había estado, etc... Si algún día llegaba más tarde que de costumbre, me preguntaba dónde había estado, a lo que yo no quería contestar pero terminaba haciéndolo. En fin, ella se comportaba como si fuera mi madre y yo su hija pequeña.

En aquella casa sólo había una cocina y un cuarto de baño, por lo que debimos ponernos de acuerdo con los horarios.

Un día, cuando volví de la Facultad, la escuché hablando con alguien. Era la primera vez. Jamás recibía una visita. Más tarde vino a llamar a mi puerta, para invitarme a cenar con ella y con su hijo, el cual vivía fuera todo el año debido a la enfermedad que padecía.

Yo nunca había sabido qué enfermedad era aquella. Por este motivo me sorprendió ver que el chico estaba en una silla de ruedas. No debía tener más de 20 años.

La cena me sentó bastante mal, debido a que el chico no había dejado de mirarme en ningún momento. Era tal su insistencia que me molestó demasiado. Hablé poco y comí mal. Estaba deseando que acabase aquel suplicio.

Sin embargo, un poco más tarde y cuando yo estaba en el cuarto de baño, la puerta se abrió y la mujer entró. No se disculpó por la invasión de mi intimidad. Detrás de ella apareció su hijo, siempre en la silla de ruedas.

Con una mano en las tetas y la otra en el pubis, me quedé de pie en la bañera dominada por la impresión de que no tenía escapatoria. Desde luego no pensé en ningún momento que hubiesen entrado por casualidad. Sabían exactamente lo que querían. Por unos momentos, me dije que me hallaba frente a un tribunal de la inquisición.

Me quedé sin habla, incapaz de ordenarlos que salieran de allí. Ella se acercó a mí y me quitó las manos de delante del cuerpo. Acto seguido, me cogió la rodilla e intentó levantarme la pierna. Como yo me resistí, me dio un pequeño azote en el muslo. De repente, mis músculos se relajaron y coloqué el pie en el borde de la bañera.

Ella llevó la mano derecha a mi pubis y, con dos dedos, me abrió los labios para dejarme el coño bien a la vista. El chico se aproximó girando las ruedas de su silla. La verdad es que de cerca era bastante guapo; pero tenía un aire inquietante con los ojos fijos, la boca ligeramente abierta y la respiración acelerada.

—¡Ves como es muy dócil! — exclamó la madre—. Júntate más a ella. Luego te la ofreceré, ¡y harás con su cuerpo todo lo que desees! Por el momento mírala bien... ¡Examina este pequeño chochete, al que podrás acceder más tarde!

—¡Déjeme, señora...! — supliqué yo tímidamente.

No me contestó. Simplemente, me hundió cada vez más dentro sus dedos inquisidores.

—¡No es virgen! —constató—, Podrás hacer lo que quieras... ¡Te entrará la polla como en mantequilla!

El chico no dijo nada. Tenía los ojos desorbitados. Lo que me dio a entender que no había visto a una chica desnuda en toda su vida. Daba la impresión de ser una de esas personas que se masturban viendo vídeos pornos.

—Puedes tocarla si quieres —le invitó su madre, sabiendo que yo no opondría ninguna resistencia.

El chico puso la mano derecha sobre mí... Pero ella tuvo que cogérsela, e intentó que introdujera los dedos en mi coño. No entraron, ya que se encontraba completamente seco. Ella se escupió en la mano y me extendió la saliva sobre la vulva.

Volvió a coger los dedos de su hijo y los metió en la zona más vulnerable de mi vientre. En aquel momento, y no sé porqué, me inundó un río de flujo. Los dedos se deslizaron fácilmente. Siempre ayudando a su hijo a ir y venir dentro de mí, ella susurraba:

—¿Notas lo suave que es? ¿Te das cuenta cómo se desliza? ¡Mira, ya está empapada! Tiene muchas ganas de que te la folles... ¡Mete bien los dedos, hasta el fondo! ¡Hazlo con mayor rapidez... Es como lo repetirás más tarde con tu polla!. ¡Se la meterás lo más profundamente posible!. ¡Ya verás lo bueno que es...!

No puedo escribiros lo que sentí en aquellos instantes. Era horror; pero, al mismo tiempo, fascinación. Algo parecido a como si me hubieran drogado.

La señora hizo que me diese la vuelta y que me agachara. No opuse resistencia. Súbitamente, me abrió el culo. Intenté contraerlo por vergüenza, y me arreó otro pequeño azote. Esto me obligó a relajarme apoyando las manos sobre los azulejos de la pared. Una posición que a ella le permitió abrirme por detrás y palpar mi ano.

— ¡Podrás tomarla por detrás, ya que también le han servido por ahí. ¡Es una putilla!. Se equivocaba, ya que jamás me la habían metido por el culo; pero no me atreví a protestar, aparte de que creo que no me hubiera servido de nada hacerlo...

¡Me hallaba a su merced como una mosca en una tela de araña!.

La señora me abrió completamente, desde el culo hasta el coño, para exhibir así toda mi vulva al inválido. Sus dedos eran duros y secos. Intentó metermelos en el culo para eliminar la rigidez del mismo.

Resultó inútil su esfuerzo. Después de intentarlo varias veces, yo continúe seca. Finalmente, hizo que saliera de la bañera; y me ordenó que abriese la bragueta de su hijo para sacarle la polla. No sabía qué enfermedad padecía exactamente; pero no tuve nada que reprochar al tamaño de su rabo...

¡Aquél no estaba paralizado en absoluto!

Se sujetaba solo perfectamente sin que yo tuviera que levantárselo. La señora me ordenó que me pusiera a caballo sobre él, dejando cada una de las piernas a ambos lados de los muslos inmovilizados. Mientras tanto, el chico se sujetaba la polla con una mano, cuando yo me disponía a empalarme encima de sus ingles.

Fui yo, claro, la que debió moverse de arriba a abajo, para conseguir que aquel cipote se deslizara dentro de mí. El inválido había dejado la cara metida entre mis tetas, las cuales sujetaba con las dos manos y, de vez en cuando, soltaba unos ruidos con la garganta bastante lujuriosos. Durante todo el tiempo que me estuvo follando, su madre no cesó de animarle.

—¡Vamos, date gusto, cariño!. ¡Yo te la ofrezco!. ¡Cada vez que vengas a ver a mamá, te haré un pequeño regalo como éste!. ¡Ánimo, disfruta bien de ella, no te importe!. ¡A esta putilla le gusta que se la folle un chico tan guapo como tú!.

El chico no dejaba de tocarme las tetas; y yo me movía como podía aguantando el daño que me estaba causando en el culo el posabrazos de la silla de ruedas. Cada vez que yo bajaba el ritmo, la mujer me propinaba unos duros azotes para obligarme a acelerar. No sé porqué, pero empecé a gozar como una loca, a pesar de la situación.

Por último, sentí que el inválido se corría dentro de mí. Se puso a gritar y a morderme los pezones. Hasta que me inundó con su ardiente esperma; al mismo tiempo, su madre le acariciaba el cabello diciendo:

—¡Está bien, cariño, está bien...! ¿Verdad que te ha gustado joder con esta putilla?

El chico se limitó a bajar la cabeza con los ojos cerrados, todavía entre las nubes.

Pero yo me notaba muy nerviosa, porque no había conseguido alcanzar el orgasmo. Sé que si aquello hubiese durado un poco más habría podido gozar como nunca; sin embargo no llegó.

Repentinamente, con un azote, la mujer me hizo levantar para que me volviese a meter en la bañera. Me colocó a su capricho y, luego, dirigió el chorro de agua caliente hasta mis muslos para limpiarme.

En aquel momento sentí el hirviente líquido cayéndome hasta las rodillas. El chico me había soltado una verdadera riada de esperma. Tuve que preguntarme cuánto tiempo hacía que no eyaculaba, después de comprobar la cantidad de cremoso esperma que yo guardaba en el vientre. Debía hacer muchos años.

—¡Voy a lavarla bien para que puedas seguir! —anunció la madre—. ¿Quieres probarla por el culo, cariño?

Como no me había dado la vuelta, no sé lo que él contestó, ya que sólo respondía con movimientos de la cabeza. Sabía que no era mudo, ya que durante la cena le había oído hablar.

Pero pensé que debía de estar de acuerdo, ya que su madre me enjabonó el culo. Antes me obligó a inclinarme hacia delante. Así me untó de una crema grasienta. Gracias a ésta, al introducirme los dedos no me hizo daño.

Todo esto transcurrió sin que ella dijera una sola palabra. Cuando quería que yo hiciese algo, me obligaba con un gesto o me daba unos azotitos. La verdad, me estaba tratando como si yo fuera un ser irracional, acaso una mula.

Cuando volví a salir de la bañera, siempre obedeciendo sus mudas órdenes, el hijo se hallaba tan tenso que fue imposible que pusiese el culo en aquella silla de ruedas.

Entonces la madre me llevó al dormitorio, ayudó al chico a echarse sobre la cama y, cogiéndome por un brazo, consiguió que quedara sentada sobre él, mirando hacia sus pies. Mi amante «forzado» se encontraba echado sobre la espalda, con las piernas estiradas. Y así comencé a ser sodomizada por su tiesa polla.

De nuevo yo tuve que hacerlo todo. Subir y bajar sobre su verga en aquella posición tan humillante; mientras, su madre le animaba para que disfrutara de mi culo.

Por segunda vez no conseguí correrme. Pero él eyaculó en mi ano y se durmió prácticamente al instante. La mujer se colocó al lado de su hijo y le acarició el cabello, sin ocuparse más de mí.

Salí rápidamente de aquella habitación y me fui a mi cuarto, donde me masturbé como una loca, echada sobre la cama. Lo hice varias veces seguidas... ¡No tenía bastante!

Al día siguiente, por la mañana, salí para ir a la Facultad sin verles. ¡Y jamás regresé! Sentía demasiada vergüenza y muchísimo miedo. Sabía que si ella volvía a obligarme, lo repetiría y, en esa segunda ocasión, alcanzaría el orgasmo.

Algunas semanas después, envié a una amiga a buscar mis cosas y nunca más volví a poner los pies allí.

Pero, muy a menudo durante los años que siguieron, me masturbé recordando aquella morbosa noche. Sin dejar de escuchar la voz de la madre hablando a su hijo...

¡Y en la actualidad, 20 años después, todavía recuerdo el momento ya descargado de todos los elementos desagradables!

MARÍA TERESA - SEVILLA


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