El hijo de la lesbiana

Marián llevaba seis meses acosándome con sus regalos, sus favores y su presencia ya obsesiva en todos los lugares que yo solía frecuentar. Sabía que era una lesbiana reconocida. Las dos fuimos al mismo Instituto, de donde ella fue expulsada por haber sido sorprendida en el despacho de una de las profesoras cuando estaban cocinando una «tortilla».

Las dos siempre nos habíamos llevado bien; pero el trato no pasó del simplemente estudiantil. Sólo una vez me llevó a casa en su bicicleta. Y noté que se pegaba a mi cuerpo de una forma especial. Pero no sospeché nada malo.

De aquello habían pasado más de quince años. Las dos estábamos incluidas en una Asociación de tipo social —no la definiré exactamente, ya que alguien podría reconocernos—. A mí no me importaba lo que Marián hubiera sido en el pasado. Lo que me traía por la calle de la amargura era su plan de querer conquistarme. Sabiendo que yo era una mujer casada, con dos hijos y muy feliz en mi matrimonio.

Todo esto ella lo sabía, porque resultaba patente. Mi marido me venía a buscar después de cada reunión y me trataba con un cariño y una consideración que saltaba a la vista.

Dispuesta a que las dos mantuviéramos una charla abierta, acepté su invitación. Llegué a su casa dispuesta a todo. Sin embargo, cuando nos abrió la puerta un joven tullido, me di cuenta de lo poco que sabía de la vida de Marián. El tullido era su hijo, y ella me hizo la proposición siguiente:

—Loli, quiero que hagas el amor con Sebastián. Te pagaré todo lo que me pidas. Te juro que nadie lo sabrá. El pobre está enamorado de ti desde que vio tu primera foto. No vive, se me muere de desesperación... ¡Te juro que yo no intervendré en esto! Por una amiga común sé que te has hecho la ligadura de trompas. No quedarán secuelas de tu acto... Tú no sabes el favor tan inmenso que puedes hacernos. Además, puedo asegurarte que es un gran follador.

—¿Cómo estás tan segura? —le pregunté con bastante cabreo—. ¿Es que tú has follado con él, Marián?

La vi cambiar de color y tragar mucha saliva. Comprendí que no sabía cuál iba a ser mi reacción. Por unos momentos dudó, sin embargo, terminó por comprender que era más importante la ayuda que yo podía ofrecerle a su hijo de 18 años. Y con esta idea no le importó sincerarse conmigo:

—Sí, he hecho el amor con Sebastián. Se quedó sin padre hace ocho años. Yo he tenido que sacar la casa adelante... Cuando me di cuenta de que él era un hombre en toda la extensión de la palabra, aunque no se le permita entrar en discotecas y legalmente le falten dos años para ser considerado un «hombre».

Tardé bastante en asumir mi responsabilidad de madre, y como lo más que me preocupaba era la parcela sexual, me decidí a dar ese paso. No sólo cumplí con mi obligación sino que obtuve un gran placer.

—¿Cuánto tiempo lleváis follando? —seguí preguntando, pero ya sin mala leche.

—Todo un año.

—¿Y qué pinto yo en vuestro incesto?

—Sebastián te ama. Es la oportunidad de que lo haga con otra mujer que no sea yo, su madre. ¿Qué me contestas, Loli?

—Déjame pensarlo. Ha sido todo tan sorprendente. Pensaba hablarte del asedio al que me has venido sometiendo, Marián, ¡y me he venido a encontrar con este otro!

—Yo no soy una lesbiana, ni nunca lo he sido, Loli. Lo que sucedió en el Instituto fue un mal entendido, que le hizo más daño a la profesora que a mí.

No me convenció aquel primer día. Pero sí a la semana siguiente.

Una vez que me acosté con Sebastián, fui dispuesta a actuar como una vulgar puta que se limita a que le echen un polvo y me encontré con una delicadeza exquisita. Yo era para aquel muchacho como una diosa, un regalo que jamás había creído que pudiese merecer. Tanto amor me supo comunicar, que me noté avergonzada por mi primera postura.

Más tranquila, me di cuenta de que Sebastián era bastante guapo. Y no tenía nada de niño. Le acaricié la polla con mimo, descapullándola muy despacio. Tenía el glande materialmente cubierto, pero no se le producía el esmegma propio de la falta de utilización.

Al mismo tiempo, aquello que tenía en las manos era una buena estaca, mayor que la de mi marido. Sebastián me pidió que me colocase encima de él. Así pude controlar la follada de tal manera que obtuve varios orgasmos antes de que llegase la eyaculación poderosa... ¡Y cómo me lo agradeció aquel tierno y dulce muchacho!

El chico tiene una pierna completamente inutilizada, camina con muletas. Por lo demás no debe envidiar a nadie de su misma edad. Además, me parece que ha aprendido en lo sexual más que muchísimos hombres que se consideran unos «ligones». Desde que le conocí en un plano íntimo, como se debe conocer a las personas que amas, he empezado a comprobar que resulta cierta esa frase que viene a decir algo así: «todo ser humano es igual a los demás, con la particularidad de que si sufre una deficiencia en alguno de sus órganos vitales —ojos, oídos, habla o una parálisis— seguramente habrá obtenido alguna ventaja en los otros que mantiene intactos».

Esto lo he venido comprobando en Sebastián. En el momento que se echa en la cama, me recibe con sus brazos extendidos y con unos dedos que poseen una sensibilidad asombrosa. Me parecen los de un pianista que pretendiese, para conseguirlo, obtener en mi piel y en la totalidad de mi cuerpo una sinfonía maravillosa. Pero sin olvidarse de las notas originales.

Le encanta acariciarme los pezones con las manos invertidas; es decir, con su derecha sobre mi pezón derecho y con su izquierda sobre el pezón izquierdo. En una posición de «equis» con sus brazos, que no le impide besarme en la boca... ¡Qué lengua posee más móvil y eficaz!

Dentro de mi boca no existe recoveco que quede fuera de su alcance, para recoger mi saliva y trasegar la suya. Y si se me quedan los labios resecos, en especial después de obtener el primer orgasmo —es tanta mi calentura que me situó en un plano cercano al estado febril—. Sebastián me los lame dulcemente. Igual que yo haría con una crema para evitar que se me agrieten.

Con el tiempo ha aprendido a retener el esperma. Al principio le costaba bastante. Me deseaba tanto, que si yo no procuraba dirigir la follada, como hice la primera vez, en el instante mismo que me colocaba en cuclillas sobre su polla, ya se situaba en posición de máxima erección y, a los tres minutos, eyaculaba de tal manera que parecía como si se le fuera a romper la columna vertebral...

—¡Marián, Marián! —grité la primera vez, asustadísima—. ¡A tu hijo le ha dado algo...!

La madre entró en el dormitorio riendo, me abrazó con algo más que cariño o agradecimiento y me dijo:

—Le suele ocurrir en el primer orgasmo, sobre todo si ha deseado mucho obtenerlo. Tú supones para él una conquista grandiosa. Lo máximo que ha venido soñando en estos seis últimos meses... Ya verás como funciona mejor en el segundo...

—Oye, no te pases. Ya he cumplido con lo que me pediste.

—Tienes que gozar tú. ¿Acaso te irías así, con la insatisfacción de haberte quedado en el principio del placer?. Además, te llevarías la idea injusta de que mi hijo es un eyaculador precoz.

Volvió a convencerme. Tenía poderosas razones para ello, como pude advertir muy pronto. Sonriente, efectué una rápida inclinación y besé el adorable juguete de Sebastián, que aparecía fláccido y con restos de semen en la punta.

No obstante, en lugar de engullirmelo entero entre los labios, limité la acción al simple roce, marcándole con la intensa humedad que impregnaba mis labios. Escuché sus profundos suspiros, excitado y lleno de ilusión. Una de sus manos frotó la zona palpitante que se hallaba entre mis piernas. Se recreó metiéndome varios dedos en el coño.

Mis pezones endurecidos se proyectaban hacia delante, con la misma fuerza que unas flechas a punto de ser disparadas. No pude reprimir un jadeo cuando me tocó el clítoris... ¡Claro que sabía hacerlo!

De la misma forma que si me lo estuviera ordeñando: tirando hacia abajo y frotándolo en la base. Pronto me llegó el orgasmo. Y me sentí tan satisfecha, que ya busqué la penetración. Tenía la polla algo morcillona, pero lo suficientemente consistente como para no salirse. Por otra parte, el contacto de mis mucosas vaginales, la presión que ejercí con los músculos de la gruta, sirvieron para aumentarla de tamaño.

Ya la tenía en mi tesoro ardiente. No quería echar un polvete apresurado. Me arrodillé buscando un apoyo más sólido. Sus manos se ocuparon de mis tetas, con superior habilidad que la vez anterior. Sentí escalofríos de placer y temblé ligeramente. En especial cuando, en medio de una larga y profunda sesión de vaivenes de su polla, le oí susurrar:

—¡Ya me viene, Lola...! ¡Dios mío... Esto es infinitamente superior a lo que yo había imaginado...!

Fabricó un desenlace fabuloso, de esos que las mujeres agradecemos y queremos repetir con mucha frecuencia. Después, nos bañamos. Yo no quise ayudarle a entrar en el cuarto de aseo, porque comprendí que se podía valer por sí mismo. Encontró la manera de alcanzar las muletas, se apoyó en las mismas y, desnudo y aún goteándole algún resto de semen y de mis humores, se metió debajo de la ducha.

Luego de pasarnos la toalla mutuamente, nos vestimos y fuimos al comedor. Marián nos había preparado una merienda de boxeadores o deportistas de alta competición, a base de tacos de jamón, carne en fiambre, zumo de naranja natural y unas rebanadas de pan con mantequilla.

—¡Nunca podré agradecértelo demasiado, Loli! —dijo, con unas lágrimas de emoción en los ojos.

—¿Por qué? He gozado yo tanto como él —contesté, muy sincera.

Sigo acostándome con Sebastián una vez a la semana. Llevamos así medio año. Últimamente también lo hago con Marián, aunque más espaciadamente. He encontrado dos seres que me necesitan, que me adoran y junto a los cuales sé que estoy cumpliendo una labor de amor y comprensión.

Mi marido lo sabe. Se lo conté la primera noche. Estábamos en la cama y él no parecía dispuesto a buscarme sexualmente —lo hacemos y tres y cuatro veces a la semana, pero ese día era lunes y habíamos pasado un domingo muy activo en el chalé, donde pudimos echar hasta tres polvos—. Se me quedó mirando, sin rencor, y me preguntó:

—¿Sabes lo peligroso que puede resultar la piedad en estos casos?

—No lo hago por piedad, Manolo. Me resulta difícil de explicar; sin embargo, de ninguna manera puede confundirse con la piedad o con un acto de generosidad pasajera... Creo que me he enamorado de Sebastián... Es distinto a lo que siento por ti... De faltar la pasión y la atracción física, ¿cómo pude alcanzar dos veces el orgasmo?

—Haz lo que quieras, Dolores. Sólo te pido que procures ser discreta...

DOLORES - SEVILLA


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