Gozada en la ventana

Tendría once o doce años, cuando me di cuenta, comparando a los padres de otros chicos de mi edad, que los míos eran diferentes. Me explicaré: advertí que entre papá y mamá existía una gran diferencia de edad. Con el tiempo, supe que ella era una lejana sobrina de él, y que, cuando éste contaba cuarenta y cinco años, la dejó embarazada. Entonces, mamá sólo contaba quince años.

Se casaron forzados por mi nacimiento, a pesar de los treinta años que los separaban. Fui criado por una nodriza, y, antes de los diez años, me internaron en un colegio, donde finalicé mis estudios a los dieciséis años. A primeros de julio fueron a buscarme los dos, y les causó una gran alegría mis excelentes notas.

Al atardecer de aquel día, regresábamos a casa en coche. Tomamos la carretera de la costa. En un momento, mamá le dijo a papá que si veía una cala discreta que se detuviera. Al preguntarle él por qué debía ser discreta, ella le respondió que, al no tener bañador, iba a meterse en el agua en bragas y sujetador. Minutos más tarde, papá detuvo el coche cerca de la playa, y fue a echar un vistazo a la cala que había descubierto. Regresó con el visto bueno. Luego, mamá me preguntó si quería darme un chapuzón. Pero yo no tenía ganas.

Ellos dos se desnudaron dentro del coche. Mamá me dio un beso, y se bajaron juntos. Les vi marchar en dirección al lugar escogido, que estaba a pocos metros de distancia. Me fijé en los dos: papá llevaba unos calzoncillos algo largos, mientras que mamá vestía unas braguitas y un sujetador negros. Lo que me llamó la atención fue el culito de ella, que, enfundado en aquella telita negra, se movía de un lado a otro. Pronto desaparecieron detrás de unas rocas; pero a mí se me quedó en las retinas el culín de mamá, como una foto fija. Al poco rato, él regresó, y me instó para que me fuera a bañar. Me desnudé, y con el slip puesto corrí al agua.

Detrás de las rocas se encontraba mamá, sentada dentro del agua. Noté algo raro; entonces, sobre unas rocas, vi el sujetador. Luego, contemplé bajo el agua las blancas tetas de mamá. Después, ésta hizo que me refrescara; mientras, ella se pasaba las manos sobre sus dos enormes provocaciones, como si se las estuviera lavando... ¡De pronto, aquella visión me hizo eyacular espontáneamente! Y lo conseguí debajo del agua, y sin necesidad de autoestimularme...

Cuando mamá se levantó, aparecieron sus tetas desnudas; al momento, me pidió que le alcanzara el sujetador; a la vez, descubrí que entre sus piernas sobresalían unos pelos muy negros... Regresamos al coche, nos vestimos, y reemprendimos el viaje. Al anochecer llegamos a casa.

Pasaron unos días, hasta que, una noche, papá nos dijo que había alquilado un apartamento amueblado en Palamós, donde pasaríamos el verano. Pero él nada más que estaría allí los fines de semana. Llegamos al pueblo costero un sábado, y el domingo llovió muchísimo.

Al lunes siguiente, temprano, papá se fue a la ciudad. Después, mamá me despertó abriendo la ventana de mi dormitorio. Me desperecé, y la vi reclinada en el alféizar. Vestía una camisa de papá y un pantaloncito corto, deportivo. Me levanté, y, colocándome a su izquierda, le pasé un brazo por la espalda. No sé por qué, pero ella me pidió que le rascase por debajo de la holgada camisa, porque sentía fuertes picores. Pasé mi diestra a lo largo de su sensual espalda; a la vez, le pregunté dónde sentía el picor.

Lo más singular fue que ella unas veces me decía que era a la derecha, como me pedía que lo hiciera a la izquierda, o me apremiaba para que bajara mis dedos o para que los subiera. Yo le obedecía en todo. Acariciaba la amplitud de su espalda; al mismo tiempo, nos reíamos como chiquillos. Pero, al recorrer sus axilas, le dije que tenía mucho vello. Me contestó que por allí era muy peluda, y que no le gustaba afeitarse. Luego, intenté pasar la mano por delante; y, al rozarle una teta, me dijo «que no fuera malo». Estas palabras me cortaron, pero seguí rascándole la espalda. Nos fuimos a la playa. Y por la noche, en la cama, me masturbé dos veces...

A la mañana siguiente, mamá volvió a despertarme abriendo la ventana; luego, se apoyó en el alféizar. Viéndola reclinada, estuve largo rato admirando su bonito culo. Despacio, llegué a su lado; en seguida, volví a llevar la diestra a su espalda. Jugué con los pelines de sus axilas, y le rocé una teta. Ella sólo me dijo «que era muy malo». Trasladé la mano a la zona trasera de la cintura del pantalocito deportivo. Y acaricié las dos nalgas. Mamá no me dijo nada; pero yo escuché su hondo respirar. Porque mi diestra ya estaba paseando por sus ingles, y por el húmedo bulto que ocupaba su centro...

De pronto, detuve mi dedo corazón en la parte baja de la raya que separaba sus duras y tersas nalgas. Percibí que mamá susurraba:

—¡No seas loco... Déjame...! ¡No seas malo con tu mamita...!

Como no le hacía caso, me dijo que nos fuéramos a la playa. Aquí lució su cuerpo, que, a los treinta años, ya hacía volver la vista a los hombres cuando iba vestida, ¡cuánto más lo podía conseguir en biquini!

Al día siguiente, por la mañana, volvió a despertarme de la misma manera, e igualmente vestida. Desde la cama, me volví a extasiar contemplando su culo. Cuando me llamó, por segunda vez, acudí a la ventana. Pero nada más llegar a su lado, me arrodillé y, de un tirón, le bajé los pantaloncitos... Ante mis atónitos ojos apareció, desnudo, aquel culo que tanto me obsesionaba.

Luego, sin esperar a que ella pudiera reaccionar, lo llené de besos y de lamidas, de tal manera que mamá me riñó con palabras entrecortadas, hasta que, después de un rato, se dio la vuelta, para decirme «que no fuera loco»... ¡Y, frente a mis ojos y a mi boca, encontré su coño, cubierto de una abundante vellosidad!

Cogiendo sus nalgas con mis manos, apretó todo aquel peludo pubis contra mi boca, para besarlo y lamerlo. Encontré un sitio húmedo, y entretuve en él mis labios y mi lengua. En plena acción, escuché lo de siempre: «¡Que no fuera malo...! ¡Que no fuera loco...!» Estas frases las repetía, pero con la particularidad de que cada vez dividía más las palabras en sílabas temblorosas...

Sin formular ningún tipo de protesta, se separó de mí, y se fue a la ducha. Yo aproveché la ocasión para tumbarme en la cama; y me masturbé lentamente, hasta que debí aumentar el ritmo de la mano, porque ya no aguantaba más.

Luego, nos fuimos a la playa, y comimos en un restaurante. Otra mañana, me despertó y se situó en la ventana, mirando hacia el mar. La eché un vistazo, y pude comprobar que sólo llevaba puesta la camisa masculina. Su precioso culito aparecía al aire, desnudo.

Me llamó, y yo me aproximé a ella, también desnudo. Me coloqué a sus espaldas, apuntándole con mi «pichulina», que ya se encontraba a cien por hora... Cuando mamá notó la dureza, se abalanzó aún más sobre el alféizar, para levantar su trasero. Por entre las nalgas, fui escurriendo mi inexperta polla, hasta que noté que una mano diligente le acompañaba hasta un lugar estrecho y caliente, que se fue abriendo cachondamente del gusto que lo llenaba...

Sentí una emoción nueva para mí: un agradable calor que cubrió la mitad de mi «pichulina», que era el pedazo que había entrado en aquel cálido nido; además, el maravilloso movimiento circular de mamá me estaba transportando al séptimo cielo. Instintivamente, comencé a moverme hacia atrás y hacia delante; de repente, la escuché quejarse mimosamente:

—¡Ay, qué malo eres...! ¡Qué... ma.. .lo... Aaaaaayyy...!

Después de estas temblorosas palabras, me pareció que se detenía; pero como yo continuaba moviéndome, prosiguió su viaje circular, hasta que noté que me iba a correr. Y aceleré la velocidad del «mete y saca»; a la vez le oí gritar:

—¡Ay... Qué loco eres...! —Y añadió—: ¡Pero qué locura de gusto me das... cari...ño...!

Un segundo más tarde, tuvo efecto mi eyaculación, que fue una impresionante explosión, en la que me pareció que la leche de mis testículos no se terminaría nunca. La única palabra que pude balbucear fue «¡mamá!», aunque de una manera que pareció que cada letra la desmenuzaba en temblorosas partículas. Así de impresionante resultó mi primer polvo.

En fechas sucesivas, la gozada de la ventana se convirtió en el rito sexual con el que dábamos comienzo la mañana. Incluso no lo abandonábamos el sábado y el domingo, que papá estaba con nosotros. Creo que fue al cuarto fin de semana, cuando papá nos sorprendió. Y, al detener yo mi «gimnasia sexual», él me animó a continuar, diciendo:

—¡Sigue, sigue! ¡Nunca debes dejar a una mujer a medio follar!

Le agradecimos su generosidad. Y proseguimos nuestro coito matinal de la ventana; además, nos dedicó palabras de aliento, porque le daba mucho gusto que le hiciéramos un cornudo, a juzgar por lo que agitaba en sus manos: la polla en una divertida paja.

Otra noche, mamá me llamó a su cama, para que le diera unas friegas con alcohol en un pie, ya que se lo había torcido en la playa. Llevaba puesta una camisita de color rosa, muy cortita, que apenas le tapaba las tetas, y que, al mismo tiempo, no cubría su peludo conejito. Después de esta operación, le besé el pie, y fui subiendo por su pantorrilla.

Sirviéndome de la lengua, llegué hasta sus sedosos muslos; a la vez, sus mimosos quejidos me acariciaban los oídos. En el momento que alcancé el vértice del deseo, me entretuve alrededor de aquella adorable mata de vellosidad que protegía su coño. Y con un cariñoso susurro mamá me preguntó:

—¿Por qué eres tan malo...? ¿Cómo me haces sufrir de esta manera...?

Separé la sombra de su pubis, y contemplé su clítoris, erguido de deseo, del que me apoderé con los labios, y le castigué a lengüetazos... ¡Nunca había podido escuchar tantos quejidos de gusto como los que ella fue soltando, sin parar! Mucho tiempo duró aquel trabajo artesano de mi boca y de mi lengua. Inmensos fueron los placeres que ella alcanzó. De pronto, me rogó que me detuviera porque ya no podía más. Quedó rendida y, muy pronto, se durmió. Y yo, que durante mi excitante trabajo me había corrido dos veces, en su homenaje me hice una paja; al mismo tiempo, me metí un dedo en el culo...

Al finalizar el verano, regresamos a casa. Durante nuestra ausencia papá había hecho cambiar el lecho matrimonial por uno mayor, que era más apto para las «camas redondas». En ésta dormimos los tres, y también jugamos. Mamá era la estrella. Un domingo por la tarde, animado por papá, inauguré el estrecho ano de ella, a la que vi «morirse» de gusto y de dolor...

Así fui haciéndome mayor. Pero como mamá empezó a quejarse de que siempre uno de nosotros veía actuar a una pareja, mientras que ella, al formar parte de la misma, nunca podía disfrutar viendo el espectáculo. Esto nos empujó a montar un numerito homosexual. Mamá animó a papá para que, a sus sesenta y ocho años, se dejara sodomizar por mí, que ya había cumplido los veintitrés, y poseía una buena polla.

Antes de comenzar, ella le chupó y le lamió el culín de viejo. Estos pormenores me pusieron a punto. Sin embargo, tardé bastante en conseguir la penetración; pero, cuando traspasé aquel culo, me corrí dos veces casi seguidas. Tal fue el gusto que me dio el adorable túnel del sexo. Y el placer que sintió papá, unido a la forma como agitaba su trasero, me hizo sospechar que mi «pichulina» no había sido la primera que penetraba en su ano.

Aquellas sesiones las alternábamos con los espectáculos que montaba mamá, y nos lo pasábamos muy bien. Otra de las noches, ella propuso que papá hiciera de macho. Pero la poca virilidad del viejo no alcanzó la pujanza necesaria para sodomizarme, aunque con el fin de saciar la curiosidad de mamá, yo le chupé la polla dos veces. Luego, entre mis lengüetazos y las mágicas felaciones de mamá, él quedó para el arrastre... No obstante, le hicimos muy feliz con nuestras sesiones. Hasta que un mal día, su corazón no pudo resistirlo más, y, en menos de una semana, se nos fue...

A medida que siguió pasando el tiempo, yo no dejaba de gozar con mamá. Hoy día cuento treinta años, y ella cuarenta y seis. Aunque parece ser más joven por lo bien que se arregla y se viste. Cuando salíamos de viaje, no dudábamos en pasar por matrimonio. Ambos gozábamos la vida sexual al completo; sin embargo, ella sólo tenía una obsesión: verme enculado por un hombre, ya que el viejo no pudo hacerlo. Por este motivo, antes de irnos de vacaciones, tuve que telefonear a uno de esos anuncios de los llamados de «masajes». Y concerté una cita con un chaval de dieciocho años, bien dotado, que debía «hacer el amor» con una mujer en mi presencia.

Al día siguiente, en el centro de la ciudad, en un lujoso apartamento, y en una habitación bien decorada con bastantes espejos, un chaval, que disponía de una fenomenal polla, se folló a mamá. Luego, ella, empleando la lengua, le puso en forma, para invitarle a que me sodomizara.

Quería satisfacer su ya antiguo capricho. Y el desconocido, después de lamerme la entrada del ano y de lubricarse con vaselina su fenomenal picha, empezó a desflorar mi culo con una gran destreza. A pesar del dolor que sufrí, me hizo disfrutar como un loco. Y al segundo enculamiento, se me puso la «pichulina», de nuevo, dura. Momento que mamá aprovechó para hacerme una felación de antología...

En Palamós, donde pasamos el verano como un matrimonio más, encontré a algunos chavales, que me encularon varias veces, para placer mío y de mi «esposa», que gozaba de largos orgasmos; además, ella aprovechaba hasta el límite del agotamiento a todos los machos que me enculaban.

ANDRÉS - BURGOS


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