Íntimos placeres compartidos

Yo me crié en el campo, dentro de una especie de granja. El lugar era pintoresco y se hallaba bastante aislado. Teníamos pocos vecinos. Conservo hermosos recuerdos de mis primeras aventuras sexuales, algunas de las cuales ahora me dispongo a enviar a "milRelatoseroticos.com".

Vivíamos cerca de un rio precioso, de aguas muy claras, al que venían a bañarse algunos críos y crías de los alrededores. Casi todos llegaban en bicicleta. Por las tardes nos reuníamos allí de seis a diez, nunca más. Y lo pasábamos estupendamente.

Teníamos unas edades comprendidas entre 12 y 17 años. Por entonces yo había cumplido los 13; y ya tenía pelos en el pubis y la polla se me alzaba por cualquier motivo. En cuanto veía una parte interesante de las chicas, aunque fuese de mis propias hermanas, sobre todo la que había cumplido los 15.

Entre los chicos había un chicarrón mayor, de 17, al que llamaré Mario, que siempre venía con su hermana Mary, de 15. Mario era algo así como el jefe de todos, por lo animado y fuertote que se mostraba en todas las ocasiones. Las chicas le tenían fichado, en especial mi hermana mayor.

Aparte de otros enredos que pudo haber allí, contaré uno que tuvo su origen en la vida tan aislada que se hace en el campo. Creo que ésta es la causa del mayor porcentaje de incestos que se llegan a conocer...

Una tarde, nada más terminar el baño en el río, nos preparamos para regresar. Mary y yo salimos del agua los últimos, por lo que dejamos que los demás se fueran. Yo había prometido llevarla en bici a su casa, y ella parecía encantada.

En cierto momento se acercó a mí, y me pidió que le soltara la cinta que le sujetaba el bañador por detrás del cuello.

- Se ha mojado y no puedo yo sola - se justificó, aunque no fuera necesario.

Se colocó pegada a mi, dándome la espalda. Sin importarle al parecer que su culito rozase mis "partes nobles". Como es natural, al intentar deshacer el nudo, con el roce se me puso dura. En mi ingenuidad, creí que ella no lo notaría. Añadiré que era un poco más alto que ella, lo que me permitía ver el canalito entre sus tetas y parte de éstas... ¡Tan cerca!

Esto dificultó aún más mis maniobras. Intenté colocar mejor mi aparato... Repentinamente, pude advertir cómo Mary agitaba las nalgas de un lado a otro, frotando mis pertenencias durante un largo rato... ¡Vaya rato!

Hasta que el nudo se soltó, cuando yo había perdido el control de la situación y no sabia qué actitud tomar. Pensé que lo mejor era dejarse llevar; y acerté plenamente: ella lo resolvió casi de inmediato al ser más espabilada.

Echó una mano atrás, sin volverse, directamente a mi polla. Al cogerla me preguntó:

- ¿Qué tienes aquí?

- Lo que cualquier chico. Ya lo habrás visto alguna vez.

- Hablas como si fueras un fresco. ¿Por qué se te ha puesto así... tan dura?

- Tú tienes la culpa por colocarte tan cerca de mí.

Al mismo tiempo tiré de las hombreras de su bañador, para bajárselas por delante. Descubrí sus preciosas tetinas, algo pequeñas pero muy duras. Como siempre me habían gustado, no pude resistir la tentación de cogérselas fuertemente con ambas manos. También me cuidé de que su cuerpo se mantuviera pegado al mío.

Mary volvió la cabeza y me miró, como si pretendiera soltarse. A la vez susurró:

- Estoy comprobando lo sinvergüenza que eres, chico.

Pero no me dejó libre el chisme, lo que me hizo comprender que no sentía ningún deseo de soltarse, sino al contrario... En seguida se entregó a menearmela suavemente. Poco después giró un poco la cabeza, lo que permitió que pudiéramos besarnos. Además, soltó la lazada de la cuerda que sujetaba mi bañador. Yo le ayudé a bajarlo; y dejé, luego, que se posesionara por completo de mi aparato más importante.

¡Qué sensaciones me embargaron! Por vez primera vez una mano extraña me manejaba "aquello"... ¡Vaya gustazo! ¡Y Mary me lo hacia de maravilla!

Todo aquello no era solo por las ganas que yo tenia, sino porque ella poseía una buena técnica de masturbación. No me callé esto:

- Me parece que tú has tocado muchas como la mía, ¿verdad?

No me contestó. Prefirió continuar con su tarea magistral; mientras, no dejábamos de besarnos. Hasta que ella me pidió:

- Apriétame las tetas... ¡Después quiero que me las chupes!

Le obedecí con todo el placer que se puede imaginar: primero, una a la vez que sujetaba la otra... ¡no se me fuera a escapar!; y, poco más tarde, alterné la faena... ¡Qué duras y suaves se mostraban bajo mis toqueteos y chupetones!

Con tanta actividad, unido a mi corta edad, me fue imposible resistir mucho tiempo. Le pedí que ralentizara un poco sus movimientos; y pareció que iba a complacerme; sin embargo, tardó poco en acelerar la velocidad de sus dedos... ¡Que maña la suya!

No pude contenerme ni un segundo más, así que solté mi leche jovencísima. Mary se separó un poco para verla salir, lo que no le impidió tocarme el capullo que había estado apuntando hacia su ombligo. Con esto evitó que la manchase.

Por último nos quedamos abrazados, besándonos. Yo notaba que ella se sacudía. No supe entonces porqué. Sólo vi que se apretaba a mí, teniendo la otra mano dentro del bañador. En esta posición nos mantuvimos durante un largo rato, hasta que Mary soltó un suspiro muy fuerte y, entre quejidos y cerrando los ojos, se convulsionó toda. Seguidamente, pareció quedarse rígida, tensa, y me apretó aún con mayor intensidad, en aquella ocasión con sus dos brazos... ¡Tuve que sostenerla para que no cayese al suelo!.

-¿Qué te pasa? -le pregunté-. ¿Te encuentras bien? ¿Es que te he hecho daño?

-¡No, tonto, más que tonto. ¡Todo ha ido de maravilla entre nosotros!

-¿Qué puedo decirte yo? ¡Me resultaría imposible describir lo que he sentido... Ha sido extraordinario!

- Opino lo mismo, Artemio... ¡Qué dura la tenías! Y mira cómo se te ha quedado, a pesar de lo tiesa que se mostraba...

- Bueno, ha llegado el momento de marchamos de aquí, no vaya a ser que nuestros amigos sospechen algo.

Subimos en mi bici. Ella se colocó en la barra, pidiéndome que guardase en el más absoluto secreto lo que acabábamos de hacer.

-Será la única manera de que lo podamos repetir - añadió.

-¡Seré más mudo que una tumba, Mary!

-Conforme; pero la próxima vez tú tendrás que darme gusto a mí. ¿De acuerdo?

-¿Darte gusto yo a ti? ¿Cómo? ¡Si tú no tienes pilila...!

-¡Ah, qué tonto eres! ¡Lo poco que sabes para la pichurra tan gorda que tienes! Ya te enseñaré yo lo necesario. Así no me dejarás con las ganas.

-Ya me he dado cuenta de lo bien que me la movías, Mary. Mejor que cuando yo me hago una paja... ¿Dónde has aprendido?

-Es lo natural en cada edad. Algún día tú sabrás tanto o más que yo, ¡ni lo dudes, chico!

Con esto terminó el primer día de mis placeres íntimos compartidos. Me sentí todo un hombre por haber conseguido tanto, a pesar de mis 13 años. Aunque os parezca extraño, no eché de menos haberme pasado sin tocar el chichi de aquella chica. Tan a gusto me quedé con la paja que me hizo, lo que acaso a alguien le parezca una demostración de egoísmo, atribuible tan solo a mi falta de experiencia.

Pasadas unas semanas, Mary y yo nos vimos en un pajar, a solas. Por allí pasaba ella cuando iba a buscar leche. Habíamos establecido una contraseña para saber el día y la hora en que nos veríamos. Siempre la esperaba bien escondido. En la segunda sesión ya se había cuidado de enseñarme con cachonda paciencia, y con mucha dedicación por mi parte.

Ya sabía cómo trabajar sus partes íntimas; y la mejor forma de darle gusto con los dedos. Sin embargo, aún me faltaba comprobar el placer que podía ofrecer a una mujer utilizando la lengua...

Mary sólo me dejaba utilizar las manos, metiéndole uno o dos dedos para titilarle el clítoris. Ella me correspondía con ese arte tan especial que tenía para masturbarme. En ocasiones se agachaba para contemplarme la polla con todo detalle, diciendo que le gustaba comprobar cómo se ponía tan gorda y dura.

Curiosamente, nunca me permitía contemplar su chochete. Esto supuso que durante aquel verano se convirtiera en un misterio el hecho de saber cómo estaba formada una mujer ahí abajo.

Un día le presioné lo suficiente para saber dónde había aprendido el arte de la masturbación masculina. A pesar de que continuó diciendo que era una cosa innata en ella, al final me confesó que se lo hacía a su hermano.

-Para convencerme me daba caramelos - siguió Mary contándome-. Luego me sentaba en su rodilla izquierda, se sacaba la picha y me la ponía en la mano. Al principio me acompañaba con la suya en todos los movimientos. Después me obligaba a sacudírsela a un ritmo preciso. En ocasiones me tocaba el culito y los muslos, hasta que se le aceleraba la respiración porque se estaba corriendo con fuerza.

La leche la echaba en un papel que ya tenia preparado... Como lo hacíamos casi a diario, yo terminé por cogerle gusto a la cosa. La verdad es que mi hermano me protege mucho y, también, me hace infinidad de regalos... Si he de ser sincera, al haberte conocido a ti, quisiera dejarle a él, pero no podré hacerlo mientras vivamos juntos. ¿Lo entiendes?

En realidad a mí me traía sin cuidado los manejos que tuviera con Mario, siempre que no me faltase mi paja. Por otra parte, cada vez hacíamos más progresos, lo que suponía que nuestros encuentros resultaran superiores.

Poco después, pensando en todo aquello dentro de mi cama, me la meneaba. Mi mente se veía repleta de imágenes: las tetinas ideales de Mary, sus muslos y el tesoro de su coñín peludo, que al fin había podido contemplar con todo detalle, para satisfacción de los dos...

En estas fantasías también veía a mi hermana mayor, con sus tetas al aire... ¿Cómo serian en realidad? Nunca se las había contemplado por entero... ¿Tendría el chocho muy peludo? ¿Se dejaría tocar, como Mary, si yo la convencía?

Ingrato enigma. Es verdad que Mario lo había tenido más fácil, al haber empezado con una cría tan joven, mientras que a mí me tocaría llevar al huerto a una chavala mayor... ¿Y si me dedicaba a engatusar a mi hermana más pequeña? Ésta podría ser la solución, así no tendría que ir corriendo al pajar con Mary, donde siempre existía el riesgo de que alguien nos pudiera descubrir.

En todo caso, me parecía mejor hacerlo con mi hermana mayor. No se me pasaba por la cabeza que pudiera rechazarme con una bofetada y, luego, yendo a contárselo a nuestros padres... Lo veía tan natural, dentro del proceso imaginativo que me estaba llevando a la corrida, gracias a una paja solitaria. Y cuando la leche me salió, pensé que volvería al lado de Mary... ¡Siempre me iría mejor con ella, pues me la meneaba tan maravillosamente!

ARTEMIO - MADRID


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