Me gusta tenerla toda adentro

Soy una glotona. Cuando me presentan a un chico, antes de mirarle la cara creo que le miro el paquete. No porque sea una tontorrona de esas que viven suspirando por una polla enorme. Nada de eso.

La verga me encanta. Pero lo que más le exijo a una polla es resistencia. Esa es la clave de la virilidad: clavar la verga, bombear rítmicamente, despertarte el morbo. Y, sobre todo, darte tiempo a disfrutar unos buenos orgasmos. Si es una polla grande, pues tanto mejor. Pero ese es un lujo de las pollas, mientras que la resistencia es lo fundamental.

El chico que me enseñó esto se llamaba Pedro. Y fue el primer amante ardiente y resistente que conocí. Tenía una buena polla, aunque tampoco era de miedo.

Recuerdo que el tío había sabido excitarme durante varios días. Luego, yo lo invité a visitarme. Lo esperé con un negligé negro, muy sexy, decidida a meterme con él en la cama. Había follado ya con otros hombres, aunque no puede decirse que fuera vicioso ni que supiera de verdad lo que era el morbo.

Cuando llegó Pedro, brindamos juntos. El me miró de pies a cabeza, lentamente. Una de esas miradas que te devoran y que empezó a ponerme caliente. Que un hombre me mirara así era algo nuevo. Pero mayor fueron las novedades que él me reservaba esa tarde.

—Estás buenisima... —me dijo—. Eres un polvo de ensueño...

Me puse nerviosa y me reí. Jamás me habían hablado tan directamente.

—Eres un poco salido, ¿verdad?

—¡Salido?... Salido te va a quedar el coño cuando te ensarte con ésta —replicó él agarrándose el paquete y sobándoselo de un modo obsceno ante mis ojos.

Mientras me lo mostraba se acercó a mí y me acarició las tetas. Me encantó ese modo de hacer el amor, hablándome mientras me sobaba y valoraba de un modo posesivo y mórbido.

—Tócala —me dijo, guiando mi mano hasta su verga y obligándome a cogerla—. Tócala así... así... Te la clavaré, mi vida, te la clavaré toda, hasta los huevos... Y verás qué maravilla cuando te encule. Quedarás empalada de una forma que nunca podrás olvidar...

Mi coño estaba empapado. El hablaba y me besaba, me chupaba las tetas, me valoraba codiciosamente el culo. Firmemente, me cogió la cabellera, apretó su mano moderadamente y tirándome del pelo me hizo bajar el rostro hasta sus muslos.

—Te la mamarás... Y que sea una mamada de película, chati... ¿entiendes? Una mamada de campeonato mundial...

Me hizo tragar todo su badajo. Temblé de placer cuando sentí esa carne durísima y caliente, palpitando dentro de mi boca. Y empecé a mamar como nunca lo había hecho. Le chupé el carajo, los huevos, y volví a tragármela toda con gula creciente.

Pero Pedro sabía tratarme. No me dejaba tomar la iniciativa del todo. Eso era lo que más me ponía cachonda. El desprecio, el que me usara a su antojo, posesivo y sin pedir autorización. Me hacía sentir su esclava, su criada, su objeto.

Cuando mejor gozaba yo lamiéndole los cojones, tiró del pelo y me forzó a dejarlos. Entonces me besó en la boca y me mordió los labios hasta hacerme lanzar un quejido, en tanto me sobaba las tetas y me restregaba el cipote contra el cuerpo.

—Ven aquí, putísima —me dijo, sentándose en el sillón y sentándome sobre su verga empinada.

La sentí resbalar toda adentro. Era una delicia. Me moví lúbricamente, gimiendo, suspirando, jadeando, haciendo resbalar mi culo contra él y llenándome el coño con su polla.

Entonces sentí que me moría de gozo. Era mi primer orgasmo en serio. Mientras gritaba de placer, mientras sollozaba de gusto, Pedro me dobló, pegándome el coño a la raíz de su verga y tirándome del pelo moderadamente.

Pero eso fue sólo el comienzo. Nada más tener mi orgasmo, él me hizo mover un par de centímetros y me embutió todo el vergón en medio del culo, sin lubricarme ni lubricarse.

Fue tremendo, aunque su polla estaba mojada con los humores de mi vagina. Un estacazo, un ensarte que no olvidaré.

Me sodomizó prometiéndome más de una docena de polvos esa noche. Y aquello fue la locura. Después de bombearme hasta dejarme el coño y el culo doloridos, después de hacérmela mamar hasta adormecerme los carrillos, el muy hijo de puta me la metió entre las tetas y volvió a moverse haciendo resbalar allí su polla insaciable.

Cuando me dejó yo no podía moverme. Estaba al borde del colapso. Pero más feliz que nunca.

—Tengo los huevos secos, nena —me dijo—. Pero esta tarde volveré con ellos bien llenos de la misma leche que te has tragado... Entonces verás que esto sólo fue el botón de muestra.

Y cumplió. Ya lo creo que cumplió...

Pedro era así. No demasiado guapo, ni atlético! ni vergudo. Pero con una polla resistente y un morbo capaz de derretir a la chica más fría del mundo.

Desde entonces, yo soy lo que soy, una gozadora insaciable capaz de hacerme clavar la verga por un burro si no encuentro a un macho que me la meta con la suficiente energía.

CARLA - BADAJOZ


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