Virginidad y frigidez de una joven casada

Me siento como encerrada en una especie de callejón sin salida, teniendo clara conciencia de que mi problema carece, ya, de una real solución. Pero trato de conservar mi esperanza, sin dañar a nadie y,principalmente, sin herir a mi joven esposo, que es un ser maravilloso, dulce, plagado de virtudes y bondades.

Tengo 26 años y siento que mi vida carece de perspectivas a pesar de ser bonita y poseer mediana cultura que me proporciona cierto éxito en reuniones sociales y con amigos.

Carecemos de problemas económicos y disfrutamos de una sensibilidad común en cuanto gustos o placeres culturales y estéticos. Sin embargo nuestro problema -perdón, mi problema- se concentra en el aspecto sexual.

En este plano la situación es ya insostenible y no he logrado encontrar la solución más o menos justa o legítima que me aparte de este angustiante problema.

Quiero contar las cosas en su plenitud, intentando ser delicada, sin herir conciencias morales o susceptibilidades, pero no quiero escatimar detalles en el caso de que pudiérais proporcionarme una ayuda o una orientación.

Estoy dispuesta a esperar el tiempo que sea si la solución que me dais es viable pero os exige un período de estudio.

Nos casamos cuando yo tenía 19 años y mi esposo tenía apenas dos más que yo. Eramos jóvenes inexpertos, pero nuestra mutua ternura y comprensión, nuestra sensibilidad afín y nuestras inquietudes nos llevaron a un matrimonio que ambos ansiábamos.

Por supuesto, y tal vez allí esté una de las claves, llegué virgen al matrimonio, con el deseo de ofrendarle al ser querido la joya más preciada, aquella parte de mi ser que mis padres me enseñaron a proteger y a conservar para el culminante momento del amor que fue el matrimonio.

Fui muy feliz aquella noche, de fiesta familiar y de alegría en que ambos nos consagramos para la eternidad. Me sentía una niña ingenua y atractiva, esplendorosa en mi vestido blanco de novia.

Mi piel morena y aterciopelada había adquirido un sensual rubor que le proporciona la timidez así como el inminente acto de entregarle mi cuerpo al que ya había sido consagrado como esposo.

Estaba majísima según decían mi madre y mis amigas e intuía en los ojos de mi guapo marido su sana ansiedad de poseerme, de desabrochar lentamente mi vestido y encontrar mi cuerpo fresco y juvenil para gozarlo con la intensidad de las promesas que me había hecho.

Bailamos esa noche y mientras él me cogía de la cintura yo advertía su respiración entrecortada, su ansiedad, su excitación húmeda frente al perfume que emanaban mis pechos.

Estaba ansiosa de entregarme a él.

Unas horas antes de que el momento esperado por ambos mi madre me habló largamente. Sabiendo que yo llegaría virgen a la cama matrimonial me proporcionó sanos consejos referidos al acto, ciertos comportamientos que yo debería llevar a cabo. Yo reaccionaba con mi obvia ingenuidad de chiquilla tontita e inocente y me provocó un dejo de temor algunas de las cosas que ella me decía.

Principalmente aquello de la sangre me puso la carne de gallina y cogí un miedo espantoso. Aunque mi madre me tranquilizó y -en medio de mi inocencia- yo recobré la aparente y necesaria serenidad del momento tan ansiado para mi esposo.

Al terminar la fiesta, nos trasladamos a la habitación que se nos había destinado y mi esposo me besó tierna y delicadamente. Un rubor cubrió mi rostro moreno y atractivo, rubor que pareció excitar aún más a mi amado. Con manos temblorosas comenzó a desabrochar mi largo vestido y mis piernas comenzaron a temblar.

No quise rechazarle, pero me vinieron deseos de ponerme a llorar. El continuaba su faena con ardor y denotaba su pasión que se traducía en aquel bulto que se formó en la parte delantera de su pantalón. De eso ya me había hablado mi madre, pero de todas maneras debo confesaros que cogí una especie de terror al advertir aquella protuberancia de mi marido, cada vez que con sus dedos desabrochaba un nuevo botón y rozaba, distraídamente, mi carne.

Finalmente, terminó aquel largo episodio, demorado por la torpeza de mi joven marido, por mis movimientos, por mi inquietud, por el temblor de mis piernas y por nuestros mutuos y confusos jadeos que se intercambiaban en mi noche de bodas.

Fue en ese momento que cayó -enteramente- mi vestido al suelo y yo quedé apenas con mi sujetador blanco y con mis bragas pequeñas, blancas también.

Entonces mi marido aproximó su cuerpo al mío para besarme con enorme ternura, aunque descuidadamente aquella protuberancia del pantalón se instaló en la cavidad de mi cubierta entrepierna.

Estaba excitadísima y un raro escalofrío, que mi esposo advirtió, recorrió mi cuerpo.

Hubiera querido llorar, correr, echarme en brazos de mi madre, como la chiquilla que era, o al menos me sentía, pero me contuve para no dañar la sensibilidad de mi marido.

-Quiero desnudarte -me dijo él.

Aquellas palabras me conmovieron y me dieron terror al mismo tiempo.

Bajé los ojos -gesto que pareció excitar más a mi querido- y le pedí con una voz delicada, y casi infantil, que apagásemos la luz.

El me comprendió y me miró fijamente, con una tierna sonrisa.

Así fue que me transportó, delicadamente, al lecho y yo me tumbé boca arriba como preparada para un brutal sacrificio terrenal. Aún continuaba con mi sujetador y con mis bragas, que mi marido fue quitando muy lentamente, mientras me besaba el cuello, los labios y detrás de mi oreja, hechos que me excitaron en grado sumo, sin saber, chiquilla de mí, que era eso de la excitación.

Cuando estuve completamente desnuda comenzó a acariciarme con una maravillosa ternura que, de alguna manera, me tranquilizó.

Pero de pronto sentí aquella carne dura y extremadamente larga que rozaba mi pequeña joyita y recordé la imagen de la sangre y del estoicismo frente al dolor de que me había hablado mi madre. Fue un espanto y no pude reprimir mis lágrimas, pero sin emitir ningún sonido que las delatara.

Aquello fue tremendo: él, con su lentitud y ternura, abría mis piernas, pero sin lograr penetrarme, mientras me acariciaba con una de sus manos mis vellos. El cosquilleo me enternecía y me hacía sentir algo, que llaman goce, supuestamente; sentía que todo mi cuerpo vibraba y comencé a moverme pausadamente, hecho que excitó a mi marido.

Fue en ese momento que aquel trozo de carne dura e hirviente se apostó frente a mí para entrar y yo lancé aquel grito que jamás olvidaré.

Luego de aquel grito de espanto mi marido me calmó con extrema delicadeza en sus gestos y en sus palabras.

Secó mis lágrimas y me dijo que no fuera tontita, que eso era natural en la noche de bodas y que mi extrema ingenuidad de chiquilla y mi límpida pureza habían desembocado en esa situación.

Fue maravilloso oírle y sentirme comprendida y hubiera querido entregarme locamente a él para que me desgarrara e hiciese surgir aquella sangre de una buena vez, pero no me atreví.

El se durmió y yo no pude.

Me mantuve despierta toda la noche, con la cabeza llena de fantasías, de desgarrones de tejidos y de un trozo duro de carne que pretendía entrar en mi cuerpo, casi infantil, a pesar de mis diez y nueve años.

A partir de ese momento las noches se repitieron del mismo modo.

Nos intercambiábamos besos, caricias, ternuras, pero su miembro no entraba en aquella joya que yo había valorizado tanto.

Mi esposo fue paciente y yo intenté ser lo más dócil posible, pero llegamos a un acuerdo no expreso de que él no me penetrara.

Yo le permitía todo, en cambio: su lengua dulce y hábil recorría cada milímetro de mi cuerpo, desde mis pequeños piececillos de adolescente hasta mi frente sudorosa de temor y de placer a un tiempo.

Yo devolvía sus requiebros, ya que él me enseñó ciertas cosillas que le provocaban extremo placer, principalmente el uso de mi lengua y de mis labios, que según él poseían una sabiduría natural, fruto de la inocencia y de la inexperiencia.

Al cabo de un año no podíamos continuar así y él me habló de una forma madura y viril.

Llegamos a la conclusión de que deberíamos visitar a un médico, que fue muy profundo y tranquilizador.

Nos explicó que por ciertos traumas y otras cosas, ciertas chavalas se resisten a ser penetradas por el ser amado y que aquello se solucionaría con una mínima intervención con un bisturí eléctrico.

-La ciencia está muy avanzada y, a veces, logra lo que no podemos lograr los hombres con nuestra pasión e impulso natural.

He aquí la otra parte de mi drama: mi virginidad fue destrozada científicamente y un bisturí abrió -definitivamente- aquel himen que se había resistido al ardor de mi marido. La sangre apareció y lloré desconsoladamente. Pero al menos la mitad del camino se había recorrido.

Desde entonces y he aquí el motivo de esta angustiante confesión las cosas han empeorado.

Mi esposo me penetra, me acaricia, continúa con los juegos de sus manos y de su lengua, pero yo no experimento el mínimo placer.

Algunas amigas me han sugerido y aconsejado que finja: eso es lo que hago, pero, sin embargo, advierto que mi esposo se siente insatisfecho y que se da cuenta de que mis gemidos y mis jadeos no son naturales.

He llegado incluso a cogerle asco al cuerpo de mi esposo y lo que antes del desvirgue artificial era una fuente de atractivos, ahora se ha convertido en un intolerable espectro de repulsión.

Yo lo quiero demasiado como para continuar fingiendo y simular que lo hago feliz.

Sé que ni él es feliz, ni yo lo soy.

La situación se vuelve tensa e intolerable y hemos llegado, incluso, a padecer discusiones cotidianas que antes jamás teníamos.

Realmente y esa es la dura realidad: siento que soy lo que se llama una frígida, una mujer incapaz de gozar con el cuerpo del ser amado, una mujer que le repugna que la toquen y que rechaza el mínimo roce o masaje que proviene del cuerpo del otro.

Estoy segura que mi marido se mantiene fiel y desea salvar esta relación porque, a pesar de todo, me ama.

Yo también deseo salvarla. Sé que ningún hombre me comprendería como él y que además no podría aceptar el cuerpo de ningún hombre.

A veces pienso: ¡si todo fuese intelectual o espiritual!, si no necesitáramos apelar a pasiones bajas para sentirnos satisfechos.

Pero yo entiendo que mi pensamiento es profundamente egoísta y que de este modo no estoy pensando en mi marido.

Estoy a punto de consultar a un psiquiatra y de someterme a cualquier clase de experiencia científica, si eso fuese necesario.

Mientras tanto, mi esposo continúa a mi lado, tolerando mis desplantes que, a veces, de no poder fingir, son torpes y groseros.

Realmente, acepto cualquier orientación, incluso del extranjero, y si tuviéramos que viajar lo haríamos, pues poseemos cierto dinerillo, pero no puedo continuar negándome a los requerimientos de mi marido y tampoco puedo ser feliz si me entrego con repugnancia.

ALMA - SANTANDER


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