Perdí el virgo en la playa

He cumplido este mes los 26 años y sé que estoy en lo mejor de la vida. Una vida que vengo afrontando sin el mejor prejuicio y con gran optimismo, procurando obtener el máximo nivel de placer; pero siempre procuro compartirlo con las personas que me rodean, ya que no soy egoísta.

Recuerdo que cuando tenía 16 años medía algo más del metro setenta, disponía de unas piernas largas y torneadas y de un par de tetas no grandes pero sí llamativas; a la vez, mis cabellos largos, unido a un aire maduro, me permitían contar con más admiradores de lo que yo hubiese querido.

En realidad me divertía mostrarme más ingenua de lo que era en realidad, ya que me servía para espantar a los chicos más pelmazos. Sin embargo, en el momento que me hallaba en mi habitación, sentía un picor muy singular en las ingles. Ya tenía la regla; y comprendía que no se debía a mi condición fisiológica sino a algo más concreto.

Cuando me decidí a masturbarme alcancé un placer extraordinario, igual que si toda mi persona, especialmente mi mente, se encontrara en un cielo donde no existía la inocencia y sí unas diversiones lujuriosas. Al cabo de unos meses, comprendí que aquello no era suficiente.

Intuía que debía existir algo más consistente, compartido con otra persona del sexo masculino. Seguramente los goces que había conocido se multiplicarían hasta límites que no llegaba a calcular.

Afortunadamente, no tardé en disponer de una respuesta para esta cuestión tan esencial para cualquier mujer normal. Nos hallábamos en la costa en compañía de un primo de mi padre, que debía andar rondando los 40 años. Me parecía guapo, musculoso y con una forma de mirarme que me permitía sentirme terriblemente femenina. En la actualidad sé que ésto se considera la turbación propia de una adolescente que es deseada por un hombre; pero entonces yo era demasiado inexperta.

El primo de mi padre, que era tío mío en un segundo grado, se llamaba Fernando, y pronto me dijo que sentía una especial predilección por mi. Debo contar en este momento que yo era la mayor de tres hermanas, todas las cuales se encontraban con nosotros de vacaciones en el mar.

Una mañana que estábamos en la playa, me sentí atacada por algo extraño; y volví a la arena dando muestras de dolor.

—¿Qué te ha ocurrido? —me preguntó Fernando.

—Me parece que me ha tocado una medusa —respondí— ¡Cómo me escuece...!

Me toqué el interior de los muslos, muy cerca de las ingles; al mismo tiempo, no pude silenciar un gritito de dolor:

—¿Te sientes mal, Carmela?

—Sí... ¡Necesito algo que me alivie!

—¿Una crema?

—Tal vez...

—Ahora mismo te la traigo.

Volvió al momento con un tubo de Nivea, hizo que me echase bajo el parasol y me pidió que retirase la zona baja del bikini. Miré a mi alrededor. Materialmente nos hallábamos solos en la playa. Por lo tanto, comprendí que algo muy importante estaba a punto de ocurrir en mi vida...

Fernando comenzó a aplicar la crema en la zona afectada; pero, poco a poco, sus dedos extendieron el recorrido hasta el interior de las ingles, y siguieron en busca del borde de mis labios vaginales.

Yo le había estado mirando a los ojos; sin embargo, terminé por fijarme en el bulto que se le formaba en el bañador. Tímidamente levanté la mano derecha y se lo toqué. Fue como un chispazo eléctrico, que me alimentó con el hecho de comprobar que aquello, lo que andaba debajo, estaba vivo y palpitaba.

—¿Verdad que ahora las cosas marchan mejor? —me preguntó él, empezando a introducir un dedo en mi coño.

—Estupendamente...

Cogió mi diestra y la apretó contra su bulto. A partir de este momento ya no tuvo que guiarme. Supongo que en una adolescente existe un instinto que actúa más allá del propio conocimiento de la sexualidad. Lo digo porque yo busqué la verga dentro del bañador, ¡y la toqué de verdad!. Aquel fue mi primer contacto.

—¡Oh, qué horror...! — exclamé, al sentir que la verga crecía empujando mis dedos hacia arriba.

Yo estaba al tanto de que estas vergas crecían mucho al ponerse duras; sin embargo, de la teoría a la práctica... Tuve la impresión de que me quemaba la piel aquella cosa tan grande. Jadeé débilmente y algo líquido, caliente y mejor que un picor, llegaba a mi coño. Apreté los muslos, cuando ya la mano de Fernando había empezado la exploración de mi raja...

No seguimos por el momento. Fernando comprendió que podía esperar una ocasión menos peligrosa, ya que corríamos el riesgo de que alguien nos descubriese en una zona de playa abierta. Pero, aquella misma tarde, conseguimos brindarnos lo que ambos tanto deseábamos.

Estábamos solos en el apartamento. El hombre maduro me llevó a su cama, sobre cuya colcha me depositó haciendo gala de una exquisita delicadeza. En seguida se dedicó a besarme las piernas, los muslos y las ingles; mientras tanto, se iba quitando el pijama. Yo me encontraba casi desnuda.

—Me estás matando... —susurré— dominada por una excitación que me enloquecía.

Cada caricia de Fernando, cada uno de sus besos, eran como esas agujas de acupuntura que eliminan dolores, para ofrecer una felicidad superior a todo lo conocido. Esto me llevó a un grado de locura que me hubiese forzado a escapar de allí, ante el miedo a ser esclavizada por un hombre que me anulaba. Por fortuna, su verga llegó a las proximidades de mi coño en el segundo exacto...

Me causó daño al metérmela, y gemí con fuerza. Tuve que agarrarme a sus brazos y morderme los labios; al mismo tiempo, él me acariciaba las tetas o me besaba en la boca. De pronto, su polla se deslizó bien dentro, llevándose el dolor y permitiendo que naciese, a cambio, una emoción fantástica: un fuego de placer avivado por los desplazamientos de la verga, por las caricias y por los besos... ¡Ya era una mujer!

—¡Oh, Fernando, nunca lo olvidaré... Nunca me había pasado algo tan importante! — reconocí a viva voz—, luego de recuperar el aliento que se me había ido con mis primeros orgasmos.

Así perdí el virgo. Jamás lo olvidaré. Continué acostándome con Fernando, que era un magnífico amante. Casualmente, durante la última cena en la costa, me enteré que estaba casado con una mujer enferma de un mal largo y casi incurable. Quizá yo fui para él la manera de recuperar algo perdido; cuando a su lado ya había contado con el maestro más excepcional.

MARÍA - CÓRDOBA


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